El baúl del aire

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23 octubre 2006

Capítulo uno de una novela que anduvo a bofetadas

Hace tiempo atormenté a un par de amiguetes con unos párrafos de lo que quería ser una novela. Se describía, entre otras lindezas, a un hombre al que la noche abofeteaba sin piedad. Y es que para decir que hacía frío, que el tipo estaba solo con su gabán y que un extraño misterio estaba a punto de serle revelado, me metí en un berengenal narrativo que al menos sirvió par hacer unas buenas risas.
Aquella idea novelesca, con los meses y un poco de dedicación, me estoy refiriendo a eso que llaman construir los personajes, urdir una trama, tener claras ciertas cosas, ha ido tomando otra forma muy distinta, ya sin bofetadas, aunque puede que con cosas peores.
Reproduzco ahora el capítulo primero de la novela. No lo tomen como esa técnica de marketing que emplean algunas páginas web para vender novelas anticipándonos la lectura del primer capítulo.
Este será el único que lucirá en esta ventana virtual. Pero me apetecía ponerlo.


Capítulo 1

Los entierros nunca me han gustado. Puede que ello sea debido a que he visto demasiados cadáveres sin cortejo desperdigados por los campos de batalla, despojos anónimos de lo que una vez fueran seres humanos, con todos sus atributos. Cuerpos a los que nadie llorará formando círculo en torno a ellos. Muchos quedarán sin enterrar, los más afortunados serán inhumados en fosas comunes, retorcidos, esbozando el último gesto que al caer de la excavadora se les haya quedado prendido en el rostro.
No acabo de entender por qué un puñado de gente se arremolina en torno a un féretro creyendo que se despide alguien, de algo que yace inerte a sus pies. Es como si la mente de los vivos trabajase a menor ritmo que la del difunto, si alguna le queda, por la sencilla razón de que con su muerte se nos ha adelantado dos veces: la primera no estando ya donde todos parecemos empeñarnos en situarle, la segunda por la propia anticipación de su final al nuestro.
Eso me lleva a creer firmemente que los muertos son unos ganadores, contrariamente a lo que se nos enseña a pensar, teniendo en cuenta que esas enseñanzas son urdidas por seres vivos, como usted, como yo.
Tampoco alcanzo a comprender por qué estoy filosofando ahora. Si Antonio no ha levantado todavía la cabeza es por su condición de difunto, obviamente. No daría crédito a que su hermano pronunciara estos párrafos sin ayuda de la bebida o estimulante alguno. Se reiría. Puede que también influya el hecho de que hace años que estamos muy distantes, tanto o más que ahora, porque yo sé dónde me encuentro, de su paradero todos son conjeturas, no nos engañemos. La de hoy no es más que una mera separación física, terrenal diría él. El sello de la carta que hace tiempo concluimos a medias.
Me encuentro cómodo pensando de esta forma. No me reconozco, pero me resulta agradable. La causa de ésta actitud tan poco mía se debe, sin duda, a lo extraño de la situación.
Hace un momento Inés me ha mirado de soslayo. Creí adivinar un algo de ternura. Después, María le ha pasado un brazo por el hombro, de madre protectora, de luto riguroso. María siempre sabe lo que debe hacer, qué decir. No como yo, que ahora me sorprendo con estos pensamientos tan ajenos.

Antonio es, era mi hermano mayor. Crecimos en esta ciudad, junto a unos padres que se querían más de lo que suele ser habitual. Intentaron inculcarnos algo de sensatez, pues como mi madre nos decía con más frecuencia de la que habría deseado: el mundo es para la gente sensata. Los insensatos no acaban nunca de encontrar lo que buscan y se pierden en su propia insensatez. Antonio la escuchaba con inusitada atención y aprendió bien la lección, pues con el correr de los años advertí idéntica actitud en sus feligreses.
Resulta grotesco ver a don Anselmo ejerciendo de maestro de ceremonia. No menos grotesco me parece el pobre monaguillo, calado hasta los huesos, sujetando el paraguas para que el obispo no se moje. Sin duda don Anselmo es uno de esos insensatos a los que se refería mi madre, aunque quizás el monaguillo, yo mismo, también seamos uno de ellos. A mis cuarenta y tres años y sin tener nada que decir, obviando este estúpido monólogo bajo la lluvia, si bien mejor que mirar alternativamente a muerto y acompañantes, a escuchar esos latinajos que a don Anselmo le salen como las bolas de un bingo, de repetitivo que se hace, mientras dos hombres echan tierra sobre el féretro de madera noble donde reposará Antonio, en nuestra amada ciudad, bien cerca del lugar donde nacimos. Alguna vez habremos pisado este paraje de chiquillos tras un balón, el mismo lugar que nos tragará para siempre. El aire huele a otoño y a pastas recién hechas, pero es un aroma traído igualmente de la niñez, de cuando al regresar del colegio nuestra madre retiraba la bandeja del horno y dejaba que devorásemos aquellas delicias que eran la envidia de todo el barrio.
Antonio era tres años mayor que yo, pero infinitamente más listo. Ejercer de oveja negra de la familia no me resultó difícil, tenía unas dotes innatas para ello. Mientras mi hermano era el primero de su clase, yo tuve el honor de ser el primer expulsado del colegio de jesuitas. Las dotes de relaciones públicas de nuestro padre y tener un hermano ejemplar fraguaron mi readmisión, no sin antes tener que cumplir un castigo ejemplarizante para el resto de los alumnos, no fuera que por mi causa cundiera la desidia y el pensar que cualquiera podía rebasar la delgada línea que separa una educación cristiana y firme del abandono a la estupidez y la insumisión. Y todo por haberle metido una rana en el cajón a don Matías.
La infancia se nos escapó de entre las paredes de aquel colegio mientras la mente se nos llenaba de enseñanzas, aunque puede que éste no sea el mejor momento para rendir homenaje al cúmulo de sabiduría aprehendida en aquellas frías aulas, con la visión del hermano muerto al que de nada le sirven ahora tantos años de aprendizaje.

20 octubre 2006

Pequeña reflexión sobre el acto de escribir

Escribir es una tarea compleja y excesivamente dura. Es como un partido de tenis en el que el autor jugara contra sí mismo y los posibles lectores conformaran el público en las gradas. Si eres capaz de disputar emocionantes partidos habrá cada vez menos asientos vacíos. Lo ideal, obviamente, es que predomine la igualdad de fuerzas. Si un jugador se muestra superior a otro, supongamos que la trama le puede a la forma pues ésta última no está a la altura de las circunstancias y uno de los imaginarios jugadores arrolla al otro, en un partido altamente desnivelado, el lector pierde todo interés y probablemente finja una cita ineludible y abandone el recinto, dejándote con un falso triunfo en los labios, porque a buen seguro que la superioridad de esa trama mal expresada no tenga nada que ver con lo que se suele dar en los partidos de tenis reales, más bien obedecerá a que has abrumado a tu lector, lo habrás confundido y asqueado a base de golpes de efecto pretendidamente eficaces pero que, a la postre, son artificiosos y recargados. Hoy entrarán todas las bolas en las líneas, mañana probablemente se vayan a los anfiteatros.
Si por el contrario la forma puede a la historia que quieres narrar, a base de frases recargadas y barrocas, en un despliegue innecesario de afectación y búsqueda de la retórica, tu lector también se irá de tu libro y probablemente éste nunca vuelva a salir de su anaquel, a no ser que sea debido a una mudanza.
El equilibrio de fuerzas, la idea convenientemente desarrollada, los tantos largos a base de golpes variados, subidas a la red, peloteos desde el fondo de la pista, pelotas liftadas y reveses cruzados, harán que el lector mueva los ojos de un lado a otro de los margenes que en ese momento constituyen la frontera de todo lo que le interesa y disfrute, solo él sabe cómo, del partido.
Cuando las tapas arropen nuevamente al puñado de hojas que tan cuidadosamente has escrito, tu libro será un poco más ancho de lo que al salir de la imprenta aparentaba, y a través de las sucesivas lecturas se irá engrosando y ganándose el respeto de sus compañeros de estantería.

19 octubre 2006

Dar

Desde el instante en que lo vio supo que jamás querría a nadie de esa forma, con esa intensidad, con tanta bondad y dulzura.
Desde ahora sería su luz, su día y su noche, su velador sereno, su amigo y confidente, su red salvadora en momentos de dificultad. Le procuraría bienestar, paz, tranquilidad, sosiego. Le hablaría del mar, de las montañas, de lo humano y lo divino, de lo alegre y de lo irremediablemente triste.
Le ayudaría a ser fuerte cuando hiciera falta, le enseñaría a perdonar, le invitaría al permanente sacrificio de ser uno mismo, le serviría de cayado en el cansancio, le alegraría el rostro en el desconsuelo.
Y le auxiliaría en los momentos de debilidad del cuerpo, y también en aquellos en que se tornara frágil su alma.
Sería su sombra silenciosa, su amigo. Le daría todo el amor que cabe en este mundo, a grandes bocanadas, derrochándolo, sin esperar a cambio precios, sin solicitar contrapartidas.
Y aguardaría paciente, en un pequeño acto de egoísmo, al primer día en que le dijera: papá.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

El amigo George Bush, aunque lo de amigo es un decir, ya nos tiene otra liada, al más puro estilo western.
Este John Wayne del “near west” está empeñado en tocarnos las narices de nuevo a todos con el único lado del “Eje del mal” que de momento no había medido. Y va a necesitar una cinta métrica de obra como las cosas sigan así.
Me refiero a Corea del Norte, sí, ese país justo encima de Corea del Sur, qué coincidencia, desde donde allá por los ochenta nos llegaron aquellas coreanas azules o verdes por fuera y naranjas por dentro, sí, las de cuello peludo. Ciertamente abrigaban un rato y nos igualaban a los jóvenes españoles como los trajes Mao hicieron en China, su firme y fiero aliado.
Claro, los norcoreanos son algo más listos que los iraquíes y se tienen la lección bien aprendida.
Este es un extracto de una posible conversación entre Kim Jong-Il y alguno de sus generales.
—Querido líder. ¿De verdad cree que es buena idea propagar la noticia del test nuclear? ¿Alguien creerá realmente que poseemos armas nucleares?
—Tú propaga la noticia y hazte el tonto. ¿No querrás que se nos metan aquí un montón de americanos, con sus barras energéticas y esas estúpidas medallitas que solo sirven para identificarles cuando saltan por los aires? Esto deberían haber hecho los iraquíes. Mira si no el mestizaje cultural que se les viene encima.
—Como el Querido líder ordene. Por cierto, todavía nos quedan dos almacenes llenos de coreanas. Tenía pensado intentar venderlas en el África subsahariana, por lo del cambio climático.
—Bien pensado, general, bien pensado.
Y claro, ahora nadie quiere poner el cascabel al gato, no sea cierto que dispongan de pepinos nucleares que lanzar.
Y a los españoles, acostumbrados a llamar “chino” a todo aquel que tenga los ojos rasgados, que ni los japoneses se libran de la confusión, término por cierto que no deriva de Confucio, obviamente, todo esto nos trae al pairo.
Nuestro recuerdo de Corea será siempre el de aquel país que allá por los ochenta invadió el suelo patrio con unos abrigos la mar de calentitos, y baratos.

17 octubre 2006

Las maletas de viaje, esas prisoneras sin delito

Las maletas de viaje. Así dicho no nos trae nada interesante: ropa, viaje, el coñazo de prepararlas, el sufrimiento de cerrarlas.
Pero amigos, las maletas de viaje tienen mucho que contar. Como ellas no tienen el don de la palabra, ¡a Dios gracias!, haré yo de interlocutor.
Para empezar, se pasan once meses y medio encarceladas en altillos, como muñecas rusas, esas que se meten unas dentro de otras, compartiendo espacio con mantas de Palencia de la época de Viriato y jarrones regalo de parientes sin escrúpulos... ni sentido del ridículo.
Antes, las maletas salían en libertad condicional un mes al año. Ahora ya no. Si faltas un mes seguido al curro, a la vuelta lo normal es que te encuentres a un "sin papeles" en tu mesa y el finiquito clavado en el tablón de anuncios. El "sin papeles" no sale a tomar café, se lo trae de casa, hace fotocopias como si hubiese nacido en la sede de Canon y se pasa el día haciéndole reverencias al jefe, vamos, que lo mejor es coger las vacaciones justitas y en fechas elegidas por la empresa.
Por eso, no me extraña que las maletas se extravíen. Claro, es un decir. Lo hacen a conciencia. Soportan a los mozos de aeropuerto:
—¡Ahí va, Manolo! ¡Tío, estate al loro coño! Venga, mete todo dentro y ponle cinta de la marrón. Ni se notará. Si fuera a la vuelta, todavía.
Ellas mismas se pierden. Se mueven y se cambian de cinta transportadora, y en lugar de llegar a Santo Domingo aparecen en Mallorca. Con este truco ganan diez o doce días.
—Manolo, la maleta, que no sale.
—Espera, cariño, ¡mira, mira! ¿no es esa?
—No, la nuestra es roja, nos la regaló mi madre.
—¡Total, vamos a estar los quince días en pelotas!
—Deja de decir gilipolleces, anda, pregúntale al guardia. Además, llevaba nuestra dirección. Hala, reclama, cubre uno de esos formularios, a ver si por lo menos sacamos unas perras.
Y el pobre Manolo le cuenta al guardia que han perdido una maleta roja feísima con una etiqueta que dice: Carmen y Manolo, calle de los Jeranios, 12, Alcobendas, Madrid, España. Joder, ¿alguien conoce un Alcobendas por ejemplo en Australia? ¿a que no?
El guardia no le hace ni puto caso. Le alarga un formulario y desaparece como la maleta, sin dejar rastro.
Mientras, la maleta roja comparte habitación de objetos perdidos en So san Juan con otras trescientas maletas y una montaña de ensaimadas.
—¿Has visto qué chula es esa sansonite verde?
—Sí, hija. Les ha contado a todas la carísima ropa que lleva dentro. Si tan buena vida le dan, no sé para qué cojones se pierde. Espera, que la van a pasar por el escáner. Jajajaja, si está llena de chorizos. Esa viene de alguna granja de Jabugo, seguro, ¡la muy zorra!
Con un poco de suerte, nuestra querida maleta roja se tirará un par de semanitas, entre que ven lo de Alcobendas, la cambian de habitación y el guardia se levanta una mañana con ganas de currar.
Sus dueños están a punto de regresar de Santo Domingo con la ropa que han comprado metida en bolsas de plástico.
—¡Ay Manolo! Seguro que nuestra maleta ya no aparece.
—Pero churri, mejor. Así nos indemnizan. Además, ya era hora de cambiar de calzoncillos. Y tus bragas... en fin, estaban un poco dadas de sí. Con la pasta que nos suelten, compramos maleta y lencería.
—Pero anormal, ¿y los mil euros que metiste en el bolsillo interior junto a las chinas de chocolate?
—Hostias, a lo mejor está en manos de los de narcotráfico.
—Desde luego, qué razón tiene mi madre, eres imbécil, hijo.
—No te preocupes, cariño. El chocolate ese era una mierda. Seguro que ni los perros lo huelen, y si lo hacen, se descojonan.
Los días pasan y a la pareja ya se le ha quitado el moreno al tiempo que el recuerdo de la maleta. Vuelven a hacer vida normal hasta que una noche viendo el telediario:
Esta tarde ha arribado en la playa de los Cristianos, en Tenerife, un cayuco lleno de maletas. La duda que tiene la Guardia Civil es si todos los ocupantes han caído al mar o se trata de un cayuco en el que solo viajaban maletas, tesis esta última que empieza a tomar fuerza, pues hasta la fecha los inmigrantes ilegales venían con lo puesto. Una de las maletas contenía medio gramo de cannabis en estado de putrefacción, algo nunca visto según declaraciones del sargento Molina. En las imágenes, uno de los guardias revisa el resto del contenido de la maleta: calzoncillos algo viejos, cuatro bragas un poco dadas de sí y ropa de clase media baja. Lo que debieron ser mil euros, totalmente mojados y la droga antes mencionada. Ha informado María Mariana desde Tenerife. Eso es todo, amigos.

La importancia de apellidarse Jurado

Pongo el televisor, acabo de comer y me dispongo a disfrutar de unos breves minutos de noticias alternados con alguna que otra cabezada antes de reanudar la jornada.
Pertrechado de mando me acomodo en el sofá. Comienzo el ritual de eso que han venido en llamar “zapping”: la uno, la dos, la tres...¡diantres! ¡parece que el mando se ha estropeado! —No está averiado —me dice una voz interior que a veces escucho, pero que no es materia de esta reflexión—. Cierto, no es así: la noticia es la misma pero las tomas, los encuadres y el anagrama de las alcachofas diferentes. Una señora de Chipiona que ha fallecido, una cantante, una gran cantante, una estupenda persona, eso ya no lo digo yo, es proclamado a los cuatro vientos por presentadores, tertulianos, contertulios (que alguien me explique la diferencia) y amigos de esos de entierro, ustedes ya me entienden.
Por la noche lo mismo: especiales, documentales de la vida de la señora Rocío, de su juventud, de sus relaciones vecinales, de cómo llegó a ser “la señora”, la más grande entre las grandes (a una tal Pantoja no le queda más remedio que asentir al aserto, dadas las circunstancias, aunque piense para su fuero interno que la más grande es otra, qué cosas).
Decenas, cientos, miles de personas. Más incluso de las que desfilaron ante el féretro de Félix, icono de muchas juventudes. Rememoro el lento procesionar de miles de ciudadanos camaradas, movidos más por la curiosidad de contemplar las técnicas empleadas en el embalsamamiento de su líder que por decir su último, su primer adiós, al camarada Lenin.
Medito durante unos instantes, no muchos, y un montón de ideas inconexas desembocan en mi garganta, cosas impronunciables, cosas incomprensibles que pugnan por salir sin conseguirlo.
Y pienso, ¡qué coño, era una gran cantante, o cantaora! Pero la respuesta no acaba de satisfacerme, no. Y lo dejo al pensamiento.
Una de esas ideas inconexas se me cuela en la retina. Recuerdo un entierro de un tipo al que acudía un señor de negro, con frac, un cobrador de morosos para cercionarse de que el deudor realmente estaba muerto. Recuerdo, de paso, a muchos amigos y familiares, “grandes” para unos pocos allegados, de los cuales solo queda una lápida con alguna breve inscripción al uso. ¡Y mira que los queríamos!
Y me hago pequeño en mi gran sofá verde. Y anticipo mi propio funeral. Recuento los que acudirán seguro: fulano, mengana, zutano, matutana. ¡No, matutana puede que no asista!, sale del curro muy tarde y jamás pide un permiso. A punto estuvo de dar a luz a los gemelos en su despacho. Y me acongojo. Nadie se acordará de mí dentro de cincuenta años, me digo en un arranque más que optimista de autovaloración.
Y urdo una genial idea. Desde hoy me endeudaré todo lo que pueda, devolveré las letras, huiré de los acreedores. Tal vez así me acompañen en el último momento un ejército de hombres vestidos de frac.

14 octubre 2006

Primera reflexión

A decir verdad, no sé por qué escribo. Esa necesidad de la que hablan algunos, no la tengo. Las musas no me han visitado jamás, a no ser que vengan disfrazadas de mormones, testigos de Jehová o vendedores de vaporettas.
Lo digo en serio, no existe razón alguna para que escriba. Vamos, como que estoy a punto de poner punto y final. Pero no lo haré. Ya que he empezado, no puedo ni quiero defraudar a quien siguiendo esta lectura se esté entreteniendo. Sí, debe ser eso, escribo para entretener. No, eso es una auténtica gilipollez. Nadie escribe para entretener. Se hace para autoinmolarse, para ganar dinero, para tirarse el rollo, para fastidiar al amigo que no lo hace, para estar ocupado, para darse aires de intelectual, para disfrutar como un jodido narciso releyéndose a uno mismo, nada más patético y grotesco, para ... no sé, sinceramente, por qué escribo, menos aún para qué...¡hala!, ya estamos haciéndonos los entendidos en gramática.
Leo con frecuencia en los foros de internet, y a veces me llevo gratas sorpresas. Hoy, sin ir más lejos, he leído algo de un amiguete, algo sobre unos japoneses, una especie de ejercicio literario, y me he quedado boquiabierto, como un pez. Lo que pasa es que en los peces eso es normal. Me ha costado recobrar el aspecto humano. Una maravilla de relato, un buen motivo para seguir escribiendo, sin duda, que es de lo que va esta reflexión. O de lo que iba, porque la neurona se me cansa, necesita respirar. No es una neurona literaria, está acostumbrada a conexiones tipo estándar, de ninguna manera podría producir una de esas conexiones geniales, no. Volviendo al relato de mi amigo, me ha parecido genial, sí. Espero que se repita.
Creo que ya he reflexionado demasiado sobre un asunto al que no tengo nada que aportar, por mucho que insista. El acto de escribir es excesivamente personal, obsceno. No quiere ni necesita ser explicado. Y yo me empeño en darme razones para no hacerlo más, cuando lo que desearía es hacerlo, pero bien. Ha llegado el momento. Pondré ese punto y final.