El baúl del aire

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03 enero 2007

Freir un huevo


El otro día mi mujer, a raiz de una de esas conversaciones en las que las chicas hablan de las cualidades culinarias de sus parejas, volvió a decir: pues mi Paco no sabe ni freir un huevo.
Fue la gota que colmó el vaso, no pude más y decidí...aprender a freir huevos, para restregárselo por la cara...el huevo puede que también.
A la mañana siguiente entré en el super en busca de una docenita de huevos con los que practicar. ¡Ay amigos! lo difícil que es encontrar los huevos en el súper, parece que los esconden adrede. Seguro que mi mujer, acojonada porque estaba a punto de desterrar de sus estúpidas conversaciones culinarias la frasecita de marras, sobornó a las reponedoras para que escondieran los ovocitos. No encuentro otra explicación.
Por fin, uno que es un lince, jefe de boy-scouts en los ochenta, encontré los huevos, por cierto a cuatro pasillos del jamón serrano, algo que aun sigo sin entender, si todo el mundo sabe que van juntos. Entonces, una nueva duda me asaltó: los había grandes, medianos, pequeños, de puesta reciente, normales, moteados, de yema especialmente amarilla, un sinfín de variedades que me dejó con la mano extendida hacia ellos sin saber qué docenita coger. Al final pillé unos pequeños, pensando que las probabilidades de fracaso serían directamente proporcionales al tamaño de los huevos, como pasa cuando te enfrentas a tu jefe, y así lo hice. Me dirigí satisfecho a la caja y la cajera los pasó por el escáner. No pueden imaginar lo complicado que resulta meter una huevera de doce en una bolsa de súper. Si se dejan verticales, vas agobiado hasta casa pensando en qué momento se abrirá el cartón dejando que los huevos jueguen al billar entre ellos. Horizontales es imposible, la bolsa no da. Decidí ponerlos verticales, pero llevar la bolsa horizontal, como si fuera un bebé. Me sobrevino entonces una de mis geniales ideas: la de pasta que daría la patente de los huevos monodosis. Un envase, un huevo. Para solteros, para excursiones a la montaña, para manifestaciones, se me ocurrieron en el lapso de introducir la huevera en la bolsa un sinfín de razones que justificaron la huevera monodosis.
—¿No sería mejor que me pagase antes de coger al niño, digo la bolsa?— me increpó la cajera graciosita. Y, satisfecho, me fui a casa en busca de una sartén y un poco de aceite que calentar.
Ya en la cocina me puse el delantal y encendí el fuego. El aceite, abundante y muy caliente. Y el huevo, con puntilla. Eso me decía mi madre siempre. Pero lo de la puntilla no lo entendía bien, así que la llamé.
—¿Mamá, qué es eso de la puntilla en los huevos?
—¡Ay mi Paquín que ya sabe cocinar! Para que después diga la pelandrusca esa. La puntilla es el borde, churruscadito, está riquísimo. Tú, con la espumadera, vas echando aceite por encima.
Así lo hice. El primer huevo comenzó a inflarse, a inflarse, hasta que explotó.
Para el segundo me puse las gafas de bucear. Mucho mejor. Este no se hinchó, pero la yema, algo inexplicable, se separó de lo blanco, y allí se quedó, lo blanco por su lado, eso sí, con su puntilla, y lo amarillo flotando a la deriva como un alma sin cuerpo.
El tercer huevo me quedó niquelado. Pero la espumadera debía ser nueva o no estar bien fregada. El caso es que se pegó a ella como si le hubiesen echado superglue. Tardé un buen rato en quitar el huevo de la espumadera, y la puntilla.
Cuando iba por el cuarto, me llamó mi madre para ver qué tal me había quedado el huevo. Y claro, se me quemó, el huevo y la cáscara que se me cayó y por no quemarme la dejé flotando en la sartén.
El quinto se convirtió en mi última oportunidad. Olvidé decir que siete de los huevos no llegaron enteros a casa. Algo inexplicable. Ni cuando se me cayó la bolsa en el ascensor escuché nada raro, como a roto. Seguro que venían rotos, cosa de las reponedoras... y mi mujer.
Me armé de valor y recordando la frase que dice que no hay quinto malo, casqué el huevo, lo vertí en la sartén, eché una pizquita de sal, le bordé una puntilla con la espumadera que ni el cubremesa camilla de mi madre. Lo saqué con la sangre fría de un cirujano en una operación de trasplante de pupila y lo deposité en el plato. Bueno, casi. No había manera de bajarlo de la espumadera. En ese momento mi mujer entraba en casa. No podía presenciar aquel fracaso. Corrí en busca de unos alicates y le corté el mango a la espumadera. Presenté el huevo en la mesa como hace Arguiñano, limpiándole el borde al plato.
—¿Anda, ya han inventado telehuevo?— preguntó socarrona mi mujer.
—Lo he frito yo, lista.
—Pues hala, hala, que te siente bien.
Mojé media barra de pan en la riquísima yema, y cuando ella salió a hacer unas compras lancé por la ventana el redondel de la espumadera con el huevo pegado a ella.
El imbécil del sexto se encontró a mi mujer en el portal y le devolvió la espumadera, y el huevo.
Claro, regresó a casa y lo puso sobre la mesa.
—Toma pichurrín, tu huevo. Mira, como parece un trofeo puedes ponerlo sobre el aparador, junto a la copa de campeón de petanca del barrio.
A partir de ahora, cuando mi mujer mantenga con sus amigas conversaciones culinarias y llegue a ese punto en que dice: Pues mi Paco no sabe ni freir un huevo, echaré otro güisqui al vaso y le miraré el escote a su hermana, como venganza.