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01 febrero 2008

Balance de 2007


Impregnado como estoy todavía del llamado “espíritu navideño”, si bien no sabría explicar con rotundidad el porqué de tal posesión espiritual, cosas de uno, me gustaría hacer un balance más, que sé que esto que ahora inicio es tan viejo como los calendarios de famosos en pelotas con la disculpa de no se sabe bien qué damnificados o la felicitación vía mensaje de móvil tan de moda en los últimos tiempos.
Queriendo ser, en la medida de lo posible original, daré a la cosa tratamiento contable, pues a fin de cuentas el término balance pertenece al ámbito de lo puramente contabilístico.
Pues bien, comenzó el año con un saldo inicial general negativo arrastrado de ejercicios anteriores tan nefastos como interminables. Me estoy refiriendo a todos esos sucesos que por repetitivos se han convertido ya en cotidianos. No se concibe en estos tiempos desayunarse sin treinta o cuarenta muertos sobre la mesa en editoriales de diarios o, cada vez con más frecuencia, en las páginas interiores de los rotativos. A este paso acabarán refundiendo en una sola la sección de tragedias varias con muertes y la de necrológicas.
Los precios, como no podía ser de otra forma por aquello de que los mismos son inflexibles a la baja, han continuado trazando una hermosa y panzona curva ascendente hacia el infinito, lugar al que probablemente llegarán en generaciones futuras.
La política sigue por sus fueros, preocupada por convencer a un electorado pasota de que debe acudir en masa a las urnas cuando son convocadas elecciones, demostrando de esa forma que el pueblo español hace tiempo que superó la reválida de la democracia y la instauración plena del estado de derecho. No creo que tardemos mucho en votar desde el teléfono móvil: los de contrato, para los de tarjeta habrá que esperar un poco más.
La inmigración sigue arribando a nuestras costas en cruceros de clase turista con la promesa de un Edén multirracial donde todos trabajan y tienen derecho a médico de cabecera. Algunos han podido comprobar esto último nada más poner pie en suelo patrio.
Las carreteras han mejorado considerablemente. Más kilómetros, menos baches, mayor seguridad en suma. Tener un accidente hoy en día es cosa de delincuentes profesionales y por eso se está aplicando la ley a rajatabla. Las cárceles se llenan ahora de conductores resacosos y violentos de género (con lo fácil que es decir de sexo, en fin), amén de ladrones foráneos a las que no les fue explicado que lo de que España era un chollo iba en sentido metafórico.
Mas todo esto queda relegado a un segundo plano en Navidad, época festiva y turronera, de regalos, comidas y loterías.
De lo anterior y la forma de obviarlo solo se me ocurren dos soluciones: hagamos Navidad todo el año o dejemos de engañarnos alguno de estos días.