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17 octubre 2006

Las maletas de viaje, esas prisoneras sin delito

Las maletas de viaje. Así dicho no nos trae nada interesante: ropa, viaje, el coñazo de prepararlas, el sufrimiento de cerrarlas.
Pero amigos, las maletas de viaje tienen mucho que contar. Como ellas no tienen el don de la palabra, ¡a Dios gracias!, haré yo de interlocutor.
Para empezar, se pasan once meses y medio encarceladas en altillos, como muñecas rusas, esas que se meten unas dentro de otras, compartiendo espacio con mantas de Palencia de la época de Viriato y jarrones regalo de parientes sin escrúpulos... ni sentido del ridículo.
Antes, las maletas salían en libertad condicional un mes al año. Ahora ya no. Si faltas un mes seguido al curro, a la vuelta lo normal es que te encuentres a un "sin papeles" en tu mesa y el finiquito clavado en el tablón de anuncios. El "sin papeles" no sale a tomar café, se lo trae de casa, hace fotocopias como si hubiese nacido en la sede de Canon y se pasa el día haciéndole reverencias al jefe, vamos, que lo mejor es coger las vacaciones justitas y en fechas elegidas por la empresa.
Por eso, no me extraña que las maletas se extravíen. Claro, es un decir. Lo hacen a conciencia. Soportan a los mozos de aeropuerto:
—¡Ahí va, Manolo! ¡Tío, estate al loro coño! Venga, mete todo dentro y ponle cinta de la marrón. Ni se notará. Si fuera a la vuelta, todavía.
Ellas mismas se pierden. Se mueven y se cambian de cinta transportadora, y en lugar de llegar a Santo Domingo aparecen en Mallorca. Con este truco ganan diez o doce días.
—Manolo, la maleta, que no sale.
—Espera, cariño, ¡mira, mira! ¿no es esa?
—No, la nuestra es roja, nos la regaló mi madre.
—¡Total, vamos a estar los quince días en pelotas!
—Deja de decir gilipolleces, anda, pregúntale al guardia. Además, llevaba nuestra dirección. Hala, reclama, cubre uno de esos formularios, a ver si por lo menos sacamos unas perras.
Y el pobre Manolo le cuenta al guardia que han perdido una maleta roja feísima con una etiqueta que dice: Carmen y Manolo, calle de los Jeranios, 12, Alcobendas, Madrid, España. Joder, ¿alguien conoce un Alcobendas por ejemplo en Australia? ¿a que no?
El guardia no le hace ni puto caso. Le alarga un formulario y desaparece como la maleta, sin dejar rastro.
Mientras, la maleta roja comparte habitación de objetos perdidos en So san Juan con otras trescientas maletas y una montaña de ensaimadas.
—¿Has visto qué chula es esa sansonite verde?
—Sí, hija. Les ha contado a todas la carísima ropa que lleva dentro. Si tan buena vida le dan, no sé para qué cojones se pierde. Espera, que la van a pasar por el escáner. Jajajaja, si está llena de chorizos. Esa viene de alguna granja de Jabugo, seguro, ¡la muy zorra!
Con un poco de suerte, nuestra querida maleta roja se tirará un par de semanitas, entre que ven lo de Alcobendas, la cambian de habitación y el guardia se levanta una mañana con ganas de currar.
Sus dueños están a punto de regresar de Santo Domingo con la ropa que han comprado metida en bolsas de plástico.
—¡Ay Manolo! Seguro que nuestra maleta ya no aparece.
—Pero churri, mejor. Así nos indemnizan. Además, ya era hora de cambiar de calzoncillos. Y tus bragas... en fin, estaban un poco dadas de sí. Con la pasta que nos suelten, compramos maleta y lencería.
—Pero anormal, ¿y los mil euros que metiste en el bolsillo interior junto a las chinas de chocolate?
—Hostias, a lo mejor está en manos de los de narcotráfico.
—Desde luego, qué razón tiene mi madre, eres imbécil, hijo.
—No te preocupes, cariño. El chocolate ese era una mierda. Seguro que ni los perros lo huelen, y si lo hacen, se descojonan.
Los días pasan y a la pareja ya se le ha quitado el moreno al tiempo que el recuerdo de la maleta. Vuelven a hacer vida normal hasta que una noche viendo el telediario:
Esta tarde ha arribado en la playa de los Cristianos, en Tenerife, un cayuco lleno de maletas. La duda que tiene la Guardia Civil es si todos los ocupantes han caído al mar o se trata de un cayuco en el que solo viajaban maletas, tesis esta última que empieza a tomar fuerza, pues hasta la fecha los inmigrantes ilegales venían con lo puesto. Una de las maletas contenía medio gramo de cannabis en estado de putrefacción, algo nunca visto según declaraciones del sargento Molina. En las imágenes, uno de los guardias revisa el resto del contenido de la maleta: calzoncillos algo viejos, cuatro bragas un poco dadas de sí y ropa de clase media baja. Lo que debieron ser mil euros, totalmente mojados y la droga antes mencionada. Ha informado María Mariana desde Tenerife. Eso es todo, amigos.

2 Comments:

Blogger Hank said...

No esperaba descojonarme a estas horas, de hecho mi mujer se ha despertado con las carcajadas y me ordena que vaya a acostarme ipsofacto (y a ella qué, me pregunto) previo paso por la cocina que tiene sed, en el vaso de florecillas azules, por favor, nene, y si está en el fregador lávamelo en un momento, eh.
Muy bueno, socio.

11:55 p. m.  
Blogger bauldelaire said...

Me alegra que te haya hecho reir. Ese era el fin de este articulillo.
Un saludo.

8:53 a. m.  

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