Nombre:

24 abril 2008

El llanto salvador


Vivió una vez un hombre con la boca siempre llena de palabras y una hermosa voz. Experto en el arte de contar cuentos, historias, acontecimientos varios, debía su maestría a la sangre, pues su padre y su abuelo habían gozado de aquel mismo privilegio, si bien nunca supieron sacarle rendimiento. Pero nuestro hombre hizo de su virtud empresa y desde joven comenzó a ganarse algunos dineros haciendo gala de aquella destreza. Le contrataban en las fiestas de los pueblos para narrar historias terroríficas a niños, o novelas de amores imposibles a las jovencitas. Viajaba a caballo con su soledad. Dormía en pensiones o albergues, pues las palabras daban para poco más que comer y vestir: solvencia sin lujos, en sus propias palabras. No hacía mucho tiempo había renegado de su padre, el cual tras perder la voz a eso de los cincuenta años y enviudar hacía poco, se había visto relegado en su terruño a una vida frágil y miserable hasta que murió. La fosa la cavó él mismo de antemano, por miedo a que lo dejaran a la intemperie.
Una tarde, estando en medio de una de sus narraciones preferidas, con el público entregado, el ambiente crispado, la hoguera crepitando y haciendo que la oscuridad lo fuese todavía más, los niños apretujados entre sí presas de un pánico deseado, apareció una muchacha tras las gentes, curiosa, observando qué motivo reunía a toda aquella multitud. Nuestro hombre se fijó en ella, y aunque sea cosa de mala explicación, la quiso desde entonces. Nunca había amado a nadie que no fuera su madre, padre no tuvo, en lo legal, ni hermanos, de manera que aquel era casi un amor primero, virgen y azotado por lo novedoso. La muchacha supo al instante los sentimientos que había desatado y se sintió halagada. A los pocos días ella también estaba enamorada hasta los huesos y se fue con el contador de historias dejando tras de sí una vida anodina por placentera. Renunció a familia y comodidades y se adentró con su hombre en lo que para él había sido siempre su hábitat natural, la vida un tanto disipada y desarraigada, el vivir al día, el dormir casi siempre de improviso. Hicieron el amor en cuantas camas visitaron, que fueron muchas, y alumbró en tres de ellas a su descendencia. Nuestro hombre seguía contando historias hasta que una tarde un mal viento le llevó la voz. Primero una ronquera, después afonía, por último se quedó mudo el narrador y nunca más recuperó aquella voz aterciopelada que por bella y bien empleada había constituido su única fuente de ingresos durante tantos años. Se sumió en la tristeza el hombre, y su mujer también. Vieron cómo les rondaba la pobreza, quedándose a vivir con ellos, y recordó nuestro hombre que a su padre, y a su abuelo, les había sucedido algo similar cuando contaban más o menos su edad.
El hijo mayor había heredado el talento y las habilidades de su progenitor y pronto comenzó a traer a casa algunos dineros, hasta que se convirtió en su digno sucesor. El padre, más triste que mudo, veía cómo poco a poco se convertía en un trasto inútil. El primogénito, en cambio (corrían ya otros tiempos), decidió dedicar aquella buena dicción heredada y se hizo actor. Y vaya que si lo consiguió. Engrosó las filas de las mejores compañías de la época, se hizo famoso, primera figura en poco tiempo. El amor llamó a su puerta muchas veces, aunque él cada vez tardaba menos tiempo en despedirlo, borracho como estaba de un triunfo no esperado, de una vida placentera. Su padre, entre tanto, agotaba sus días viviendo de las migajas que su hijo le hacía llegar por mensajero, ajeno a su familia y a su sangre.
Pero el destino estaba marcado de antemano. Pronto llegó la hora de la ronquera, después de la afonía, y al final, nada. Otra voz apagada por un destino escrito hacía mucho, con nombres y apellidos. Entonces el hijo corrió en busca de su padre, mas éste había partido hacía días al encuentro de todas aquellas voces apagadas antes que la suya. La madre estaba con sus dos hijos menores, explicándoles la tradición familiar según la cual tras la voz se iba el espíritu, inexorablemente, en un intento vano de aleccionar y preparar a los muchachos. El hermano mayor se sentó entonces entre los suyos y todos juntos lloraron a su padre. Aquel llanto salvador adquirió diversos timbres, lució en muchos colores diferentes para, al final, sonar de otra forma muy distinta, poco familiar. Un tono más mediocre y apagado, pero garantía de un final mejor.


A Lucio, in memoriam