Nombre:

17 octubre 2006

La importancia de apellidarse Jurado

Pongo el televisor, acabo de comer y me dispongo a disfrutar de unos breves minutos de noticias alternados con alguna que otra cabezada antes de reanudar la jornada.
Pertrechado de mando me acomodo en el sofá. Comienzo el ritual de eso que han venido en llamar “zapping”: la uno, la dos, la tres...¡diantres! ¡parece que el mando se ha estropeado! —No está averiado —me dice una voz interior que a veces escucho, pero que no es materia de esta reflexión—. Cierto, no es así: la noticia es la misma pero las tomas, los encuadres y el anagrama de las alcachofas diferentes. Una señora de Chipiona que ha fallecido, una cantante, una gran cantante, una estupenda persona, eso ya no lo digo yo, es proclamado a los cuatro vientos por presentadores, tertulianos, contertulios (que alguien me explique la diferencia) y amigos de esos de entierro, ustedes ya me entienden.
Por la noche lo mismo: especiales, documentales de la vida de la señora Rocío, de su juventud, de sus relaciones vecinales, de cómo llegó a ser “la señora”, la más grande entre las grandes (a una tal Pantoja no le queda más remedio que asentir al aserto, dadas las circunstancias, aunque piense para su fuero interno que la más grande es otra, qué cosas).
Decenas, cientos, miles de personas. Más incluso de las que desfilaron ante el féretro de Félix, icono de muchas juventudes. Rememoro el lento procesionar de miles de ciudadanos camaradas, movidos más por la curiosidad de contemplar las técnicas empleadas en el embalsamamiento de su líder que por decir su último, su primer adiós, al camarada Lenin.
Medito durante unos instantes, no muchos, y un montón de ideas inconexas desembocan en mi garganta, cosas impronunciables, cosas incomprensibles que pugnan por salir sin conseguirlo.
Y pienso, ¡qué coño, era una gran cantante, o cantaora! Pero la respuesta no acaba de satisfacerme, no. Y lo dejo al pensamiento.
Una de esas ideas inconexas se me cuela en la retina. Recuerdo un entierro de un tipo al que acudía un señor de negro, con frac, un cobrador de morosos para cercionarse de que el deudor realmente estaba muerto. Recuerdo, de paso, a muchos amigos y familiares, “grandes” para unos pocos allegados, de los cuales solo queda una lápida con alguna breve inscripción al uso. ¡Y mira que los queríamos!
Y me hago pequeño en mi gran sofá verde. Y anticipo mi propio funeral. Recuento los que acudirán seguro: fulano, mengana, zutano, matutana. ¡No, matutana puede que no asista!, sale del curro muy tarde y jamás pide un permiso. A punto estuvo de dar a luz a los gemelos en su despacho. Y me acongojo. Nadie se acordará de mí dentro de cincuenta años, me digo en un arranque más que optimista de autovaloración.
Y urdo una genial idea. Desde hoy me endeudaré todo lo que pueda, devolveré las letras, huiré de los acreedores. Tal vez así me acompañen en el último momento un ejército de hombres vestidos de frac.