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19 octubre 2006

¿Quién le pone el cascabel al gato?

El amigo George Bush, aunque lo de amigo es un decir, ya nos tiene otra liada, al más puro estilo western.
Este John Wayne del “near west” está empeñado en tocarnos las narices de nuevo a todos con el único lado del “Eje del mal” que de momento no había medido. Y va a necesitar una cinta métrica de obra como las cosas sigan así.
Me refiero a Corea del Norte, sí, ese país justo encima de Corea del Sur, qué coincidencia, desde donde allá por los ochenta nos llegaron aquellas coreanas azules o verdes por fuera y naranjas por dentro, sí, las de cuello peludo. Ciertamente abrigaban un rato y nos igualaban a los jóvenes españoles como los trajes Mao hicieron en China, su firme y fiero aliado.
Claro, los norcoreanos son algo más listos que los iraquíes y se tienen la lección bien aprendida.
Este es un extracto de una posible conversación entre Kim Jong-Il y alguno de sus generales.
—Querido líder. ¿De verdad cree que es buena idea propagar la noticia del test nuclear? ¿Alguien creerá realmente que poseemos armas nucleares?
—Tú propaga la noticia y hazte el tonto. ¿No querrás que se nos metan aquí un montón de americanos, con sus barras energéticas y esas estúpidas medallitas que solo sirven para identificarles cuando saltan por los aires? Esto deberían haber hecho los iraquíes. Mira si no el mestizaje cultural que se les viene encima.
—Como el Querido líder ordene. Por cierto, todavía nos quedan dos almacenes llenos de coreanas. Tenía pensado intentar venderlas en el África subsahariana, por lo del cambio climático.
—Bien pensado, general, bien pensado.
Y claro, ahora nadie quiere poner el cascabel al gato, no sea cierto que dispongan de pepinos nucleares que lanzar.
Y a los españoles, acostumbrados a llamar “chino” a todo aquel que tenga los ojos rasgados, que ni los japoneses se libran de la confusión, término por cierto que no deriva de Confucio, obviamente, todo esto nos trae al pairo.
Nuestro recuerdo de Corea será siempre el de aquel país que allá por los ochenta invadió el suelo patrio con unos abrigos la mar de calentitos, y baratos.