El baúl del aire

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27 noviembre 2006

Soneto a un viernes cualquiera

Me da lo mismo un viernes que un domingo
rimar no es más sencillo entre semana
pues prefiero el dolor de una almorrana
a la esquiva fortuna de este bingo

Ya noto la flojera, ya me extingo
mas no llevo ni medio pentagrama
debiera haber escrito un telegrama
que uno más que de porsches es de twingo

Parece que el final se va acercando
me quitaré este traje de poeta
a ver si ésto es soneto, rumba o mambo

Pongamos algo lindo: volvoreta
vayamos el final adecentando
y rompamos la cinta de la meta

23 noviembre 2006

Alta infidelidad

De todos es conocido ese dicho popular que afirma que ante una infidelidad el último en enterarse es el infidelizado, vamos, la cornuda o el cornudo.
No crean que voy a contarles cómo me la pegaron, a la vista de la anterior frase y del título, rotundo, de este relato. Para empezar diré que lo que voy a narrar le sucedió a un amigo. Esta manera de señalar al cornudo también forma parte de nuestro acerbo popular. También debo aclarar que el amante no era una persona especialmente alta.
Pues resulta que mi amigo, un tipo indolente, de los de poca gracia y mirada esquiva, más bajo que alto y más feo que guapo, el típico al que se la pega una mujer guapísima que solo estaba con él por dinero, o por compañía, por dinero, sé que lo de la compañía no ha colado, comenzó a sospechar de la infidelidad de su pareja el día que un compañero de banco le espetó mientras ponía unas gomas elásticas a cuatro hermosos fajos de billetes de quinientos euros:
— Jacinto, tu mujer te la está pegando. Me lo ha dicho el interventor.
Mi amigo dejó de mirar los fajos de billetes y se encaró a su compañero de trabajo, algo raro en él, pues como he dicho es de los de mirada esquiva.
El otro siguió anudando las gomas elásticas a los billetes como si nada hubiera sucedido y Jacinto, al no hallar réplica a la insidiosa mirada que le había dirigido, dio media vuelta y se alejó iracundo.
En esto, Lucrecia, que así se llama la infiel, estaba de compras con Rosa, hermana de Jacinto. Ambas hacían muy buenas migas y su pasatiempo preferido era meterse con el pobre bancario, palabra fea donde las haya, que como saben designa al que trabajando donde está el dinero tiene que conformarse con contarlo, para otros. Rosa no dejaba a la pareja ni un momento a solas: les acompañaba al cine, cenaba en su casa un día sí y otro también, les sacaba al perro a hacer orines y caquitas a un parque cercano. Era un miembro más de la familia.
He olvidado mencionar que un dieciocho de julio a Jacinto le había tocado una primitiva de las de quitar el hipo y que había conocido a Rosa una semana más tarde, mientras le explicaba en un tugurio, compartiendo una curda desmedida, cómo había seleccionado los seis números de la combinación ganadora. Se preguntarán que con un premio así no se entiende que Jacinto continuara en el banco contemplando los billetes con cara de besugo. Decidió abrir un plazo fijo con el dinero del premio y no se le ocurrió mejor forma de asegurarse la solvencia de la entidad, y de paso la suya propia, que continuar trabajando en el banco, eso sí, a media jornada. La cosa obedecía a que dos años antes le habían elegido empleado del mes, un frío diciembre en el que casi todos sus compañeros estaban de vacaciones, esquiando. Pero a él aquello se le subió a la cabeza como le sucedía a su anciana madre con el moscatel el día de Nochebuena. La viejecita vivía con Rosa, pero esa es otra historia y no quiero ahora perder el hilo de ésta.
Jacinto urdió un plan perfecto para pillar “in fraganti” a su infiel compañera una tarde que, apesadumbrado en un banco del parque, el mismo donde Rosa paseaba a su perro, mientras observaba el caer de las hojas otoñales tuvo una visión, como cuando seleccionó los números de la combinación de la primitiva buscando en el desván el bingo que de pequeño le trajeron los Reyes Magos y simulando un sorteo en el que desechaba aquellas bolas cuyo número fuera superior al cuarenta y nueve.
Aquellas hojas que borraban parte del camino le dieron la pista. Lo que tenía que hacer era esconderse en el armario de su habitación un día de trabajo, al que acudiría a primera hora pero que abandonaría tan pronto hubiese visto unos cuantos fajos de billetes de quinientos. No tendría problemas con el interventor. Su plazo fijo le protegía de cualquier tipo de bronca, y además Pedro, el interventor, era el novio de Rosa. El plan le pareció perfecto.
Tres días más tarde, un jueves, llevó a cabo lo planeado. Acudió al banco, observó durante un rato los fajos de billetes que sus compañeros contaban con denuedo, no en vano aquellos billetes podrían ser los suyos y le dijo a su futuro cuñado que debía ausentarse para realizar unas gestiones. Respiró cuando Pedro se dio la vuelta sin preguntarle qué tipo de gestión tenía pensado realizar, detalle éste que había pasado por alto en el parque, y salió hacia su casa.
Una vez en el armario, esperó. Los armarios roperos no están pensados para contener a una persona, por lo que a Jacinto le costaba mucho mantener la postura a la par que las dos puertas cerradas. Lucrecia entró acompañada de Rosa entre risas y chistes de esos picantes que se dicen las mujeres. De los chistes pasaron a los empujoncitos, de los empujoncitos a la cama y allí tumbadas, comenzaron a besarse, a manosearse, a comerse literalmente la una a la otra mientras Jacinto, sin dar crédito a lo que veía por la rendija de las puertas, se esforzaba en mantener la postura y las puertas convenientemente entornadas. Pensó en salir de allí de un salto y montar la de Dios es Cristo pero estaba tan avergonzado que prefirió seguir allí metido, como espectador del lésbico encuentro.
Recordó entonces que su compañero de trabajo sabía lo de Lucrecia por Pedro, el cual no tardó en aparecer y unirse a la pareja. Lo que allí sucedió se lo pueden ustedes imaginar, aunque les diré que Jacinto presenció, siempre a través de la rendija y manteniendo la difícil postura, cochinadas de lo más variadas: gemidos, bufidos, palabras soeces y risas aparentemente sin motivo. Pensó en ir a por la escopeta pero recordó que no tenía, de manera que aguantó la sesión de sexo estoicamente y cuando se hubieron ido regresó al parque para urdir un nuevo plan. Sentando en el banco de la vez anterior, está claro que los bancos, de cualquier tipo, son los lugares preferidos de Jacinto: en ellos se gana la vida, en ellos piensa. Sentado en el banco, como decía, afinó su plan a la vista de las nuevas e inesperadas circunstancias. Volvería al armario un día de trabajo y les pillaría de nuevo en sus trajines sexuales. En este momento pensó en lo engañado que había estado desde siempre, su hermana, la carne de su carne, disfrutando con su novia. Estaba claro que estaba con él solo por dinero. Y el mamón de Pedro, confesando sin rubor la infidelidad de Lucrecia, cuando él mismo estaba implicado, ¿acaso quería ser descubierto?, ¡claro!, debía tratarse de eso. Él se lo contaba al más cotilla de la sucursal, éste perdía el culo por contárselo a su vez al cornudo, amén de a todo quisque y cuando fuera pillado, todos dirían con cara de envidia: qué cabrón el Pedro, además de follarse a la hermana de Jacinto se tira a su novia. ¿Tendría eso algo que ver con cuando le exigió a Jacinto la mitad de la suculenta primitiva echando en cara que tenían una peña a medias desde siempre, cosa que él, Jacinto, había negado hasta en los tribunales? Podría ser esa la razón de tan maquiavélica trama, ciertamente.
Jacinto se dejó llevar por la caída de las hojas y urdió un nuevo plan.
Al día siguiente, no podía aguantarse, volvió a excusarse en el trabajo alegando jaqueca, eso no requería de mayores explicaciones ni tramas secundarias, y su cuñado, Pedro, aquel que se follaba a su hermana y a su novia, por poco le ignora. Eso sí, Jacinto percibió en su mirada soslayada un cierto tono burlesco. Y lo anotó en el debe de Pedro.
Una vez en el armario, con la recién adquirida escopeta bien colocada y haciendo el contrapeso que el armario requería, aguardó más de dos horas. Cuando la sesión de sexo, que por cierto adolecía de imaginación, siguiendo exactamente el mismo esquema que la vez anterior, iba ya por asuntos de eyaculaciones, salió Jacinto del armario blandiendo el arma con arrojo. Las dos mujeres gritaron presas de un orgasmo histérico y Pedro volvió a esbozar la sonrisa de la tarde en el banco, cuando lo de la jaqueca. Jacinto apuntó al centro de la frente y un relámpago hizo que temblara el edificio.
Jacinto en el suelo agonizaba, su traje echado a perder con tanta sangre y una nota que asomaba del bolsillo exterior de su chaqueta: el del pañuelo.
Las mujeres se revolvieron, exclamaron, pidieron auxilio a Pedro que, más calmado, las conminó a no tocar nada, no fuera que algún malentendido los incriminara. Jacinto esbozó entonces una última sonrisa, podría decirse que de difunto.
La policía acudió a la macabra cita y el sargento cogió la nota con unas pinzas mientras las dos mujeres y el interventor, que estaba en calzoncillos, eran llevados esposados a comisaría.
El sargento era un poco cotilla, como el compañero de Jacinto, por lo que decidió leer la nota, que decía: Deseo dejar como único heredero de mi fortuna a la primera persona que lea esta nota. Mi vida nunca ha tenido sentido, lo de Lucrecia me la suda, sinceramente y si ni tan siquiera por dinero puedo retener a una mujer, prefiero morir. Enhorabuena al agraciado.
Debo confesar que todo lo anterior me sucedió a mi, sí. Me llamo Jacinto del Valle y he escrito este relato sentado en el banco del parque que ya conocen, mientras las hojas formaban un tapiz marrón a mis pies. Estamos en pleno mes de julio pero me ha parecido mucho más literario un paisaje otoñal. Son las ventajas de estar muerto: tienes mucho tiempo y puedes convertir tus deseos en realidad con tan solo desearlo.

21 noviembre 2006

El tarado

Están viendo un partido de fútbol por televisión, un Madrid-Barcelona, aunque eso es lo de menos. Javier tiene la mente muy lejos de aquel bar, mesas marrones de patas metálicas, sillas de plástico, cubalibres por doquier, gritos y bufandas, banderas y juramentos. Es como si estuviera sordo. Percibe el movimiento, los brazos agitados al viento, el levantarse y sentarse de forma compulsiva de algunos de los que allí descargan el veneno de sus vidas, inyectado por escorpiones cotidianos, que sin ser mortal aturde y acompleja.
Le llaman el tarado porque siempre está recitando pareados que improvisa sobre la marcha, precedidos de una especie de entrada en trance, y seguidos de un esbozo de sonrisa que casi nunca llega a completarse del todo, porque a la gente no le suelen hacer gracia, ni los pequeños poemas de Javier, ni la incursión en su intimidad sin llamar a la puerta antes. Cosas como: “espera un momento/que estoy haciendo cemento” o “almacenes Simeón/sus juguetes a montón”, tarda tan unos segundos en componerlos, y los regala con la misma facilidad con que le salen, al primero que pasa, sin cobrar nada a cambio.
Ahora, en ese bar donde cada día toma café, hay un partido de fútbol. Y a Javier no le gusta el fútbol. A él lo que le va es regalar pareados, mas hoy nadie le escucha, todos parecen estar poseídos por la magia del deporte rey, todos no. Al fondo de la sala, junto al televisor, un niño de unos doce años observa a Javier ajeno al espectáculo futbolístico. Viste pantalones cortos, pues es verano. Lleva un jersey rojo de manga corta, y unas sandalias marrones muy bonitas. Javier le hace un gesto con la mano, y el niño se aproxima. Está con su padre, aunque su padre no esté con él, embebido de pasión y cubalibres, un pitillo en la boca, la camisa sudada cual lateral izquierdo, envuelto en una nube de humo y en sus propios gritos. El muchacho sale con Javier del bar, se encaminan calle abajo hacia un parque donde hay un quiosco; allí tomaba Javier de pequeño riquísima horchata. Se le ocurre invitar al chico a una, y éste la acepta agradecido. Mientras sorbe por una pajita la horchata del vaso blanco de plástico, Javier le regala pareados sin cesar: “muchachito, muchachote/tú tiene cara de bote”, “aprovecha esa horchata/que no me salió barata”. Ambos ríen con cada ocurrencia de Javier, sobre todo el niño, y el tarado se siente el hombre más feliz del mundo. Todavía falta media hora para que el partido concluya. Mientras tanto, darán vueltas al parque, bebiendo horchata y riendo hasta que el muchacho regrese junto a su padre. Después, Javier se irá a casa, cenará ligero y se acostará. Puede que vuelva a soñar con Manuela, hace días que no le sucede. Manuela era su mujer, Javier trabajaba en un banco. Un verano, hace años, ella murió en la carretera. Fue un accidente espantoso; Javier salió ileso, aunque lo prejubilaron porque su interior resultó dañado. Lleva desde entonces una herida abierta cerca del alma, vive de un pequeño sueldo, no tiene hijos, y lo que más le gusta es componer pareados para regalar. Eso, y soñar con Manuela.

08 noviembre 2006

La excusa

Un enorme camión me obliga a ralentizar la marcha. En carreteras de montaña los adelantamientos no son fáciles, de manera que decido tomármelo con calma. El paisaje, poderoso, es un espectáculo de piedra y verde con espectaculares saltos de agua tras alguna de las curvas. La perspectiva se agota en la trasera del camión, uno de esos artilugios tan alto como ancho cuya matrícula casi he memorizado. Enciendo un cigarrillo y pongo un cd: Ike y Tina versioneando a los Credence. Su historia no fue un cuento de hadas, como la nuestra. Parece que esté esperando cualquier ocasión para pensar en nosotros. Casi siempre acabo maldiciéndome por ello, he dicho acabo, claro, primero tengo que machacarme con tus recuerdos. La cola del metro, la caravana de entrada a la ciudad, un camión en una carretera de montaña, meras excusas para practicar mi deporte favorito: tú.
Me gustaban los huevos fritos con jamón, y a ti no. Incluso podría decirse que te daban un poco de asco. Tras cada enfado, no obstante, me obsequiabas con mi plato preferido, después de haber follado como solo tras una reconciliación se hace. Esos días eran mis preferidos, sé que no debiera decirlo, pero es así. Te movías con un encanto especial los días de reconciliación, y yo trabajaba como si fuera el primer día en la oficina. La cama se nos hacía grande en nuestro pequeño pisito sin ascensor, un quinto, nuestra montaña mágica. Me gustaba subir los peldaños de dos en dos y bajarlos de tres en tres, de cuatro en cuatro cuando me atrevía. Creo que debimos habernos enfadado más a menudo. Aquellos paseos a la luz de la luna te parecían cursis a la vez que apetecibles, más aun a la orilla del mar. Los enfados de la gente de interior deben ser más duraderos, solías decir. Sin la cercanía del mar no apetece nada hacer las paces, no hay por dónde pasear, apenas se ve la luna, casi siempre oculta tras algún edificio, no hay brisa en la que dejarse envolver, ni ese frescor que las noches junto al mar ofrecen, con pequeños momentos mágicos en los que solo apetece dejarse abrazar. Eso decías, convencida. Y algo similar, pero sustituyendo al mar por niños. Las parejas con hijos no pueden enfadarse, las criaturas son muy impresionables, pura susceptibilidad, su mundo no puede verse modificado por una riña entre sus padres, quizás por eso nunca quisiste tener hijos. A mí tampoco me hacía ninguna gracia, lo confieso. Demasiados compromisos a los que renunciar: la partida en el bar, el fútbol, el cine, las interminables cenas de los sábados con nuestros amigos, sacrificio, egoísmo, qué mas da. Ahora pienso que de haber tenido hijos todavía estarías a mi lado, con un montón de discusiones pendientes, pero a mi lado.
Un viernes, sin más, dejé de verte, hasta hoy. Limpiaste el armario tras empaquetar tus cosas y dispusiste mis pertenencias con esmero por todo aquel espacio. Lo tuyo, como tú, desapareció aquella tarde. Ni una nota, o una llamada. Desde entonces no he vuelto a abrir el armario, se aprende a vivir con lo puesto, te lo aseguro.
Adelantar en una carretera de montaña se convierte en una arriesgada maniobra. Ahora hay una pequeña recta. Ningún vehículo en contra. Creo que voy a hacerlo.

02 noviembre 2006

El Templo

Uno

Dice un amigo mío que la vida no puede concebirse sin quimeras. Y la quimera sobre la que deseo hablar se gestó con la mayoría de edad de un puñado de muchachos, recién comenzados los ochenta.
Sepan también que yo soy uno de aquellos jovencitos, probablemente el más influenciable y temeroso. Pero me enorgullece pensar que lo que nos unió y sigue uniendo, hoy, el mismo día en que arranco a la memoria estas líneas, marcó nuestras vidas e hizo de nosotros personas medianamente felices.
Santos decidió dedicarse a la hostelería el mismo día en que yo me matriculé en la facultad. Y creo que los otros también dibujaron su futuro inmediato aquella tarde, alrededor de unas cervezas, en un bar cualquiera, no recuerdo. Lo que todavía se pasea por mi mente es una canción de los Burning y Marga cruzando la calle, al otro lado del cristal.
Vivíamos en una pequeña ciudad del norte, eso no importa ahora. Lo que pretendo rescatar de mis recuerdos es que el día que Santos inauguró el Templo nos salvó a todos un poco, no sabría explicar que era aquello que nos acechaba, tal vez nuestra soledad, puede que vislumbrar un futuro que no nos apetecía demasiado, aquel que se había presentado en torno a unas cervezas, o que sencillamente no iba a ser para el que nos habían preparado. La libertad es un concepto cuyo significado solo adquiere peso en boca de un presidiario, todo lo que no sea eso se me antoja una patraña que si bien nos satisface y reconforta, no adquiere la categoría de postulado irrefutable.
Antonio, “superfilis”, una cojera de la infancia resuelta con un tacón descomunal le bautizó por segunda vez, fue quien se bebió la primera caña en el Templo, y Armando, que ya había ascendido de aprendiz a oficial en la carnicería del súper, lo inmortalizó convenientemente con su Minolta. El caso es que Santos colocó el retrato presidiendo la barra, justo encima de los güsquis y allí se quedó hasta el final. Los no habituales preguntaban una y otra vez quién era el de la foto, a lo que el barman respondía, según el día, que si un hermano fallecido en las misiones africanas, o un famoso actor de Hollywood, o un republicano al que había matado su abuelo, cuyo retrato en la cartera habían hecho ampliar en recuerdo de tan memorable batalla. Lo importante es que sus argumentos siempre convencían.
Mi etapa universitaria me alejó bastante de el Templo y me acercó un poco más a Marga, que estudiaba magisterio junto a la escuela de empresariales. Nuestra amistad no tardó en pasar a mayores. Una tarde de lluvia se la presenté a mis amigos en el bar, pero la cosa no resultó, su presencia rompió la magia del lugar hasta bien después de haberse ido. Nos tachó de misóginos, palabra que más tarde tuve que explicar a Ramón, el más joven de la pandilla, y de paso a los demás, que ya se creían unos ateos a la vista de todo el barrio. Esa misma noche sellamos nuestro primer juramento con cinco o seis botellas de tinto, una declaración de intenciones germen de lo que resultaría, con los años, una amistad casi enfermiza. Juramos ante la foto de superfilis algo así como que ninguna mujer se interpondría en nuestra relación, y que si lo hacía sería por el mínimo tiempo imprescindible para liberarnos de la pesada carga de hombres bien dotados. A superfilis el juramento le encantó, hasta se puso de puntillas cuando hicimos chocar nuestros vasos al ritmo de alguna tontería apropiada para la ocasión.
No he mencionado todavía a Manolo, el mejor contable del barrio, experto en lidias fiscales a nivel de subinspector de hacienda. Entonces era el único casado. Merche, su mujer, trabajaba en una inmobiliaria. Ella era una preciosidad: rubia e inteligente, de clase media y persona sensata. Poco tardó en convencer a Marga de eso que dice: divide y vencerás. Cada tarde acudía a la puerta del bar a recoger a su marido, el cual se debatía entre una ronda menos o la noche en el sofá. Ella frecuentaba otras amistades, más progresistas, y Manolo, de cuando en cuando, nos arengaba con consignas anticapitalistas que nosotros aplaudíamos más fruto del desconocimiento que del entusiasmo. Manolo era quien gestionaba nuestra peña de quinielas, el que organizaba las cenas, el mayor competidor de Santos por erigirse en líder de la manada.
La enconada lucha por el liderazgo llegó a su término una tarde de fútbol, concretamente en el descanso. Estaba sirviendo Santos otra ronda de cañas con las que ayudar a deglutir unos exquisitos boquerones de lata cuando nos espetó: “Las cosas llevan la inteligencia dentro, pero su sutileza hace imposible retenerla en envoltura material alguna”. Superfilis, que siempre iba al servicio en el descanso del partido a hacer lo que no traía hecho de casa, giró sobre sí mismo y se quedó petrificado. Instó al barman a repetir aquella frase varias veces, mientras la garabateaba en una servilleta. A los pocos días colgaba junto a su retrato un cuadrito con las excelsas palabras bordadas en punto de cruz, regalo de su madre. Tardamos un buen rato en quitarle a la “v” de “envoltura” el rabito de “b” que superfilis, o su madre, habían añadido, y varias semanas en hacer confesar a Santos que lo había leído en un libro de filosofía de su sobrina y que la frasecita era nada menos que de Aristóteles. Aquello marcó un antes y un después en la relación entre superfilis y Santos, y en general entre todos los miembros de la pandilla, que nos fuimos jerarquizando de acuerdo a una estructura más o menos piramidal, en cuya cúspide estaban Santos y Manolo, algo más abajo, Armando y éste que les narra, y en su base, superfilis y Ramón. Pero una cosa he de dejar bien clara: la preponderancia intelectual de los unos sobre los otros jamás fue en menoscabo de los fuertes lazos que entre aquellas mesas de mármol iban tejiendo una hermosa amistad, con sus defectos pero sana, algo enfermiza a veces, ya lo he dicho, pero fiel.
La sensación de protección que nos ofrecía el Templo hizo que cada vez pasáramos más horas bajo su techo. Ramón se había echado novia, una vendedora de cupones cuya única tara era no haber hecho caso a sus padres y terminar la carrera. Don Faustino, su padre, era un famoso invidente con un buen puesto en la Organización. Algo se nos descarrió el muchacho durante las primeras semanas de noviazgo, pero volvió al redil cuando se supo socio con voto en nuestras asambleas, y sobre todo cuando Santos le insinuó que un importante juramento, algo trascendental para todos nosotros y que ya hervía en la caldera de su cerebro, estaba a punto de ser propuesto a la asamblea, probablemente el día de la final de copa, un Madrid- Atlético que resultó un fiasco de partido. Pero eso lo contaré más adelante.
Santos tenía merecida fama de putero. Los sábados, fiel a ese dicho tan castizo que él curiosamente hacía suyo, vestía sus mejores galas, se regaba el cuerpo generosamente con Floid y tras bajar la verja de su bar abría la puerta del prostíbulo de Doña Remedios, díscola prima hermana de la madre de superfilis, a quien ésta última tenía terminantemente prohibido acercarse tan siquiera a la ramera. De los seis amigos el barman era el mayor, contaba en esa época veintidos orondos años. Después estaban Manolo y superfilis, veintiuno y veinte. Ramón, con dieciseis recién cumplidos, era como ya he mencionado el más joven. Y Armando, con dieciocho, me sacaba solo dos meses. Por cierto, mi nombre es Fermín. Empezamos a acompañar a Santos un sábado de Semana Santa cansados ya de tanto nazareno y procesión. Al barman le excitaba ver a las señoras vestidas de mantilla, con su vela y su peineta , y esa tarde nos contagió la excitación a todos menos a dos: Ramón, que se excusó diciendo que debía ayudar a Marijose con las cuentas de la semana y superfilis, que prefirió la tierna compañía de su madre a la voluptuosidad de las chicas de doña Remedios.