El baúl del aire

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26 enero 2008

De la prensa digital...y tal


Una nueva forma de comunicación arrasa: la prensa digital, por extensión de todo aquello que circula por la “Red”.
Y como en todo, los hay que se posicionan a favor y en contra del invento.
Soy de los que defienden la prensa digital. Me parece mucho más práctico, cómodo, rápido y por qué no, barato.
Llegas al trabajo y te lees los dos o tres diarios que te hacen tilín, en veinte minutos, sin tener que esperar a que se marche el jubilado que por un café con leche se apodera del periódico toda la mañana.
Después, a currar, habiéndote ahorrado encima un café.
Pienso que no tardando mucho tiempo desaparecerán los diarios en papel, manteniéndose las ediciones de fin de semana, con sus suplementos, con sus revistas del corazón. Las compra todo el mundo, se leen sin prisa, en el sofá. El fin de semana no parece el mismo sin el suplemento dominical del periódico que nos gusta.
Hay que tener en cuenta, además, que la prensa digital se actualiza cuando ello es necesario, sin tener que esperar a la edición del día siguiente para contarnos tal o cual noticia.
No opino lo mismo de los libros, e-boocks o como quieran llamarlos. La lectura de una novela nada tiene que ver con la de un diario. Aquella es sosegada, repetida, y la verticalidad de la pantalla del pc, el exceso de luminosidad, no propician precisamente la lectura por placer.
Dentro de la prensa digital creo que Periodista digital se lleva la palma. Un periódico completo, bien redactado, actualizado casi al instante, con un despliegue de secciones envidiable. Un buen periódico hecho por buenos profesionales.

22 enero 2008

Recuerdo de Navidad

Un empleado de una empresa de seguridad, un ex-empleado mejor dicho; el pobre había pedido la baja voluntaria a causa del malestar laboral que generaban algunos de sus compañeros, pues se los ha cargado, a los dos, a los que le hacían la vida imposible. Y de paso ha malherido a una señora que pasaba por allí. Hace poco había comprado el arma homicida, una escopeta de caza, supongo se metió la licencia de caza en el bolsillo del chaleco y ¡pum, pum! Después, se suicidó.

En Sevilla atropellan a una niña, bueno, la empujan un poquito con un coche después de un tremendo frenazo y el imprudente acceso a la vía pública de la menor. Imagino al conductor, satisfecho en parte por haber detenido el coche y preocupado por el estado de la pequeña cuando alguien, desde fuera, lo acribilla a balazos por no haberse dado a la fuga como algún compadre del matador de conductores.
En una fiesta familiar un hombre es asesinado a navajazos. La noticia no dice más, ni del grado de consanguinidad de esa supuesta familiaridad, ni del cómo o el por qué. Mejor.
Y qué decir de esos ciento y muchos fallecidos metidos de antemano en el ataúd de hojalata que les ha llevado camino de un final violento. Mejor nada...
Es el poso de la Navidad, lo que queda tras un empacho... de los buenos, a base de mazapán y polvorones a partes iguales. Y las casas llenas de juguetes, y Los Cortes Ingleses con sus salas vacías, ahuecadas, con el eco campando a sus anchas, y los fajos de billetes amontonados en camiones amarillos camino de ser enlatados debidamente, puede que para siempre. Nos quitan el dinero y lo guardan en las entrañas de la tierra, bajo siete llaves y cinco códigos de seguridad: de palma de la mano, de iris,... de cojones. Y ese dinero ya no vuelve a estar en activo, que no les engañen a ustedes. Debemos redoblar nuestros esfuerzos laborales, todos a una, para conseguir que la máquina de los euros reponga nuestros bolsillos, y solo tenemos doce meses, menos, porque allá por el verano otro conato de enlatamiento se producirá. Y dentro de un año, vuelta a empezar, nuestro dinero bajo tierra, los armarios más llenos, si cabe, de chorradas, un montón de muertos en los caminos de la vida, algunos más a manos de gente que ya no comprende este puto mundo. Otra Navidad.

Nos han quitado el limbo


Desde hace tan solo unos días ha dejado de existir aquel lugar, etéreo, al que llamábamos limbo. Era un apacible espacio hecho con las paredes de la fe al que iban los niños muertos antes de recibir el sacramento del bautismo, ¡angelitos!
Y ahora, el nuevo Papa, cual impacable concejal de urbanismo celestial, ordena el desalojo del lugar. En pocos días, todos esos niños muertos al nacer, o ya talluditos, pero que no fueron bautizados, bien por falta de tiempo, de agua bendita, de párrcoco a mano, o sencillamente por dejadez paterna, incluso por ausencia de fe, todos esos niños, digo, maleta en mano deberán dirigirse a...al Cielo. Es como si en el juego de la oca uno sacase cinco seises seguidos, como si al arrancar un papelito en el su turno de la charcutería nos saliera el número siguiente al que en esos momentos atiende el abnegado chacinero.
Han tenido que pasar siglos para que nuestros niños dejen de vagar por los aledaños del Cielo. Algunos los habrá ya cuarentones, o más, que esta mudanza ya no les haga demasiada ilusión, acostumbrados como están a la que hasta ahora ha sido su morada. Pero Benedicto ha dicho que a mudarse, y no hay nada que objetar. De hecho, el limbo ha dejado de existir. Ni todos esos huracanes de temporada juntos han causado tanto estrago, que siempre dejan algo en pie. El huracán Ratzinguer, de velocidad e intensidad aun no determinada, pasarán a la historia de la meteorología celestial como el más destructivo de todos ellos, peor aun que aquellos Papas medievales cuyos nombres se me han quedado en los cajones de atrás de mi cada vez más endeble memoria.
Por lo visto, el limbo es ahora mero asunto teológico, desprovisto ya de trasunto espacial, o síquico.
Espero que San Pedro, magnánimo, siga viendo en todos esos ancianos que aguardan su turno al niño que una vez fueron, y los acomode como se merecen.
Desde ahora, la recurrida expresión “estás en el limbo” perderá el tradicional significado, pasando a ser un “no estás en ninguna parte”. Dios.

¿Dónde están los machos?


Resulta que hay un anuncio de una marca de café que deja al los hombres, a los varones, a los tíos, al sexo masculino, a como coño quieran llamarle, a la altura de las amebas.
Porque resulta que según el anuncio de marras, bien pensado eso sí, teniendo en cuenta quién suele comprar ese tipo de productos, aunque eso ya es materia de otra reflexión y nada tiene que ver con lo que ahora nos ocupa, pues como decía, el anuncio de marras, tócate los cojones, sostiene que si adquieres esa marca de café y eres tío serás capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo, a saber: desenroscar la tapa del bote y recitar, al tiempo, la tabla de multiplicar del uno. Eso animará, sin duda, a las mujeres a adquirir el producto, pues lograrán por el mismo precio algo increíble, inaudito: que los chicotes seamos, como el windows, multitarea, al menos a la hora del desayuno. Precioso, entrañable, encantador. Buen creativo, sandunguero que diría mi amigo glen. Para matarlo, que digo yo desde esta atalaya desde la que solo puedo cagarme en los muertos de gente a quien no conozco, pero desprecio, eso sí, sin acritud.
Hace poco, ignoro si todavía siguen emitiendo el improperio, echaban un anuncio de una marca de electrodomésticos en el que un pobre hombre, un varón, un tío, era incapaz de poner la lavadora. Su mujer, teléfono en mano, con una simple llamadita, lograba que le cambiaran, no el electrodoméstico, ¡al marido!
También se me viene a la mente, ahora, aquel otro en el que un dominguero lavaba su coche con frenesí, retocando allí, pasando sutilmente la bayeta allá, y una voz en off, del mismismo Dios parecía, que le increpaba: ¡podrías hacer esto también en tu casa, majete!
Aquel anuncio del coche tenía su gracia y su mucho de verdad. Denunciaba algo que todos sabemos y que casi todos despreciamos. Los otros dos entran ya en el terreno del insulto, de la vejación, de lo chabacano incluso. No se han levantado voces pidiendo que se eliminen esos dos “spots” de inmediato de la tele. Me pregunto qué habría pasado de haber sido en sentido contrario: una mujer recitando la tabla del uno y quitando el tapón al bote de café, o buscando el tapón del aceite en el coche, sin más, y un marido, inalámbrico en mano, pidiendo otra parienta, de paso, de dos tallas de faja menos, y de diez de sujetador más.
Una embolia habría producido, a buen seguro, a Cristina Almeida, pobrecita. Se habrían convocado manifestaciones, se habría suprimido, de inmediato, el o los anuncios. Habrían rodado cabezas, masculinas, en televisión. Algo como Dios manda, vamos, no este pasar, este reírse de uno mismo, que los varones, o tíos, o machos, o “miembros” del sexo masculino, o como coño quieran llamarnos, hacemos, no se sabe bien si porque nuestro cerebro es incapaz de procesar determinadas situaciones límite, o simplemente porque somos tan bobos como parecemos.

De Marbella a la trena y viceversa



Me acabo de comprar un apartamento en Marbella, casi me rompen las olas en el portal, algo idílico ciertamente. He dado una buena parte en dinero de ese que llaman negro, aunque el mío era de colorido variado, y muy legal por cierto. Ganado a pulso y con el sudor de mi frente y la de mi mujer, dos frentes sudorosas que ahora ven cómo algo legal se convierte, en el tránsito de papel a ladrillo, en algo negro y de lo que no se debe hablar. En fin.
El caso es que me iban a entregar las llaves el miércoles santo, hermoso día. Me imaginaba en el balcón de dos metros cuadrados, la vista puesta en la mar, contemplando el procesionar de las merluzas y los calamares cual nazarenos de Pasión marina, la semana santa perfecta, mientras las olas continuaban rompiendo en mi portal, construído según la memoria de calidades en materiales anticorrosión que no anticorrusión. Y ya no hay llaves, y el negro sudor de mi frente, y de la de mi santa, evaporado con la llegada de los primeros calores. Tócate las narices. Nos hemos anotado a la Asociación de Víctimas del Terrorismo Marbellí, de reciente creacción y en conexión permanente con la de Damnificados por Tornados, Ciclones, Ciclones B y Tormentas tropicales, dicen que por la similitud.
Mientras tanto, el señor que me enseñó el plano del apartamento está en paradero desconocido. Mi madre, que es muy buena, dice que seguro ha tenido un ataque de amnesia. Nos han dejado el Ayuntamineto con los sillones vacíos, qué tentación. Algunos ya se relamen y frotan las manos, ensayan poses tipo Gil o Cachuli, impostan la voz, se hacen operaciones de mejora de imagen a base de colágeno y préstamos personales al consumo. Porque no hay mal que cien años dure, y lo de la prisión, los insultos de la ciudadanía a sus ediles, y edilas, los cabreos prolongados, durarán lo que las procesiones de Semana Santa, y de Marbella, a la trena, y de la trena, a Marbella, si no al tiempo