Nombre:

08 noviembre 2006

La excusa

Un enorme camión me obliga a ralentizar la marcha. En carreteras de montaña los adelantamientos no son fáciles, de manera que decido tomármelo con calma. El paisaje, poderoso, es un espectáculo de piedra y verde con espectaculares saltos de agua tras alguna de las curvas. La perspectiva se agota en la trasera del camión, uno de esos artilugios tan alto como ancho cuya matrícula casi he memorizado. Enciendo un cigarrillo y pongo un cd: Ike y Tina versioneando a los Credence. Su historia no fue un cuento de hadas, como la nuestra. Parece que esté esperando cualquier ocasión para pensar en nosotros. Casi siempre acabo maldiciéndome por ello, he dicho acabo, claro, primero tengo que machacarme con tus recuerdos. La cola del metro, la caravana de entrada a la ciudad, un camión en una carretera de montaña, meras excusas para practicar mi deporte favorito: tú.
Me gustaban los huevos fritos con jamón, y a ti no. Incluso podría decirse que te daban un poco de asco. Tras cada enfado, no obstante, me obsequiabas con mi plato preferido, después de haber follado como solo tras una reconciliación se hace. Esos días eran mis preferidos, sé que no debiera decirlo, pero es así. Te movías con un encanto especial los días de reconciliación, y yo trabajaba como si fuera el primer día en la oficina. La cama se nos hacía grande en nuestro pequeño pisito sin ascensor, un quinto, nuestra montaña mágica. Me gustaba subir los peldaños de dos en dos y bajarlos de tres en tres, de cuatro en cuatro cuando me atrevía. Creo que debimos habernos enfadado más a menudo. Aquellos paseos a la luz de la luna te parecían cursis a la vez que apetecibles, más aun a la orilla del mar. Los enfados de la gente de interior deben ser más duraderos, solías decir. Sin la cercanía del mar no apetece nada hacer las paces, no hay por dónde pasear, apenas se ve la luna, casi siempre oculta tras algún edificio, no hay brisa en la que dejarse envolver, ni ese frescor que las noches junto al mar ofrecen, con pequeños momentos mágicos en los que solo apetece dejarse abrazar. Eso decías, convencida. Y algo similar, pero sustituyendo al mar por niños. Las parejas con hijos no pueden enfadarse, las criaturas son muy impresionables, pura susceptibilidad, su mundo no puede verse modificado por una riña entre sus padres, quizás por eso nunca quisiste tener hijos. A mí tampoco me hacía ninguna gracia, lo confieso. Demasiados compromisos a los que renunciar: la partida en el bar, el fútbol, el cine, las interminables cenas de los sábados con nuestros amigos, sacrificio, egoísmo, qué mas da. Ahora pienso que de haber tenido hijos todavía estarías a mi lado, con un montón de discusiones pendientes, pero a mi lado.
Un viernes, sin más, dejé de verte, hasta hoy. Limpiaste el armario tras empaquetar tus cosas y dispusiste mis pertenencias con esmero por todo aquel espacio. Lo tuyo, como tú, desapareció aquella tarde. Ni una nota, o una llamada. Desde entonces no he vuelto a abrir el armario, se aprende a vivir con lo puesto, te lo aseguro.
Adelantar en una carretera de montaña se convierte en una arriesgada maniobra. Ahora hay una pequeña recta. Ningún vehículo en contra. Creo que voy a hacerlo.

2 Comments:

Blogger Hank said...

Eh! Estoy esperando más... ¿para cuándo?

5:41 p. m.  
Blogger bauldelaire said...

Demasiados frentes abiertos, demasiados parajes por descubir...
pero llegarán nuevas entregas, I promise.

6:03 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home