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02 noviembre 2006

El Templo

Uno

Dice un amigo mío que la vida no puede concebirse sin quimeras. Y la quimera sobre la que deseo hablar se gestó con la mayoría de edad de un puñado de muchachos, recién comenzados los ochenta.
Sepan también que yo soy uno de aquellos jovencitos, probablemente el más influenciable y temeroso. Pero me enorgullece pensar que lo que nos unió y sigue uniendo, hoy, el mismo día en que arranco a la memoria estas líneas, marcó nuestras vidas e hizo de nosotros personas medianamente felices.
Santos decidió dedicarse a la hostelería el mismo día en que yo me matriculé en la facultad. Y creo que los otros también dibujaron su futuro inmediato aquella tarde, alrededor de unas cervezas, en un bar cualquiera, no recuerdo. Lo que todavía se pasea por mi mente es una canción de los Burning y Marga cruzando la calle, al otro lado del cristal.
Vivíamos en una pequeña ciudad del norte, eso no importa ahora. Lo que pretendo rescatar de mis recuerdos es que el día que Santos inauguró el Templo nos salvó a todos un poco, no sabría explicar que era aquello que nos acechaba, tal vez nuestra soledad, puede que vislumbrar un futuro que no nos apetecía demasiado, aquel que se había presentado en torno a unas cervezas, o que sencillamente no iba a ser para el que nos habían preparado. La libertad es un concepto cuyo significado solo adquiere peso en boca de un presidiario, todo lo que no sea eso se me antoja una patraña que si bien nos satisface y reconforta, no adquiere la categoría de postulado irrefutable.
Antonio, “superfilis”, una cojera de la infancia resuelta con un tacón descomunal le bautizó por segunda vez, fue quien se bebió la primera caña en el Templo, y Armando, que ya había ascendido de aprendiz a oficial en la carnicería del súper, lo inmortalizó convenientemente con su Minolta. El caso es que Santos colocó el retrato presidiendo la barra, justo encima de los güsquis y allí se quedó hasta el final. Los no habituales preguntaban una y otra vez quién era el de la foto, a lo que el barman respondía, según el día, que si un hermano fallecido en las misiones africanas, o un famoso actor de Hollywood, o un republicano al que había matado su abuelo, cuyo retrato en la cartera habían hecho ampliar en recuerdo de tan memorable batalla. Lo importante es que sus argumentos siempre convencían.
Mi etapa universitaria me alejó bastante de el Templo y me acercó un poco más a Marga, que estudiaba magisterio junto a la escuela de empresariales. Nuestra amistad no tardó en pasar a mayores. Una tarde de lluvia se la presenté a mis amigos en el bar, pero la cosa no resultó, su presencia rompió la magia del lugar hasta bien después de haberse ido. Nos tachó de misóginos, palabra que más tarde tuve que explicar a Ramón, el más joven de la pandilla, y de paso a los demás, que ya se creían unos ateos a la vista de todo el barrio. Esa misma noche sellamos nuestro primer juramento con cinco o seis botellas de tinto, una declaración de intenciones germen de lo que resultaría, con los años, una amistad casi enfermiza. Juramos ante la foto de superfilis algo así como que ninguna mujer se interpondría en nuestra relación, y que si lo hacía sería por el mínimo tiempo imprescindible para liberarnos de la pesada carga de hombres bien dotados. A superfilis el juramento le encantó, hasta se puso de puntillas cuando hicimos chocar nuestros vasos al ritmo de alguna tontería apropiada para la ocasión.
No he mencionado todavía a Manolo, el mejor contable del barrio, experto en lidias fiscales a nivel de subinspector de hacienda. Entonces era el único casado. Merche, su mujer, trabajaba en una inmobiliaria. Ella era una preciosidad: rubia e inteligente, de clase media y persona sensata. Poco tardó en convencer a Marga de eso que dice: divide y vencerás. Cada tarde acudía a la puerta del bar a recoger a su marido, el cual se debatía entre una ronda menos o la noche en el sofá. Ella frecuentaba otras amistades, más progresistas, y Manolo, de cuando en cuando, nos arengaba con consignas anticapitalistas que nosotros aplaudíamos más fruto del desconocimiento que del entusiasmo. Manolo era quien gestionaba nuestra peña de quinielas, el que organizaba las cenas, el mayor competidor de Santos por erigirse en líder de la manada.
La enconada lucha por el liderazgo llegó a su término una tarde de fútbol, concretamente en el descanso. Estaba sirviendo Santos otra ronda de cañas con las que ayudar a deglutir unos exquisitos boquerones de lata cuando nos espetó: “Las cosas llevan la inteligencia dentro, pero su sutileza hace imposible retenerla en envoltura material alguna”. Superfilis, que siempre iba al servicio en el descanso del partido a hacer lo que no traía hecho de casa, giró sobre sí mismo y se quedó petrificado. Instó al barman a repetir aquella frase varias veces, mientras la garabateaba en una servilleta. A los pocos días colgaba junto a su retrato un cuadrito con las excelsas palabras bordadas en punto de cruz, regalo de su madre. Tardamos un buen rato en quitarle a la “v” de “envoltura” el rabito de “b” que superfilis, o su madre, habían añadido, y varias semanas en hacer confesar a Santos que lo había leído en un libro de filosofía de su sobrina y que la frasecita era nada menos que de Aristóteles. Aquello marcó un antes y un después en la relación entre superfilis y Santos, y en general entre todos los miembros de la pandilla, que nos fuimos jerarquizando de acuerdo a una estructura más o menos piramidal, en cuya cúspide estaban Santos y Manolo, algo más abajo, Armando y éste que les narra, y en su base, superfilis y Ramón. Pero una cosa he de dejar bien clara: la preponderancia intelectual de los unos sobre los otros jamás fue en menoscabo de los fuertes lazos que entre aquellas mesas de mármol iban tejiendo una hermosa amistad, con sus defectos pero sana, algo enfermiza a veces, ya lo he dicho, pero fiel.
La sensación de protección que nos ofrecía el Templo hizo que cada vez pasáramos más horas bajo su techo. Ramón se había echado novia, una vendedora de cupones cuya única tara era no haber hecho caso a sus padres y terminar la carrera. Don Faustino, su padre, era un famoso invidente con un buen puesto en la Organización. Algo se nos descarrió el muchacho durante las primeras semanas de noviazgo, pero volvió al redil cuando se supo socio con voto en nuestras asambleas, y sobre todo cuando Santos le insinuó que un importante juramento, algo trascendental para todos nosotros y que ya hervía en la caldera de su cerebro, estaba a punto de ser propuesto a la asamblea, probablemente el día de la final de copa, un Madrid- Atlético que resultó un fiasco de partido. Pero eso lo contaré más adelante.
Santos tenía merecida fama de putero. Los sábados, fiel a ese dicho tan castizo que él curiosamente hacía suyo, vestía sus mejores galas, se regaba el cuerpo generosamente con Floid y tras bajar la verja de su bar abría la puerta del prostíbulo de Doña Remedios, díscola prima hermana de la madre de superfilis, a quien ésta última tenía terminantemente prohibido acercarse tan siquiera a la ramera. De los seis amigos el barman era el mayor, contaba en esa época veintidos orondos años. Después estaban Manolo y superfilis, veintiuno y veinte. Ramón, con dieciseis recién cumplidos, era como ya he mencionado el más joven. Y Armando, con dieciocho, me sacaba solo dos meses. Por cierto, mi nombre es Fermín. Empezamos a acompañar a Santos un sábado de Semana Santa cansados ya de tanto nazareno y procesión. Al barman le excitaba ver a las señoras vestidas de mantilla, con su vela y su peineta , y esa tarde nos contagió la excitación a todos menos a dos: Ramón, que se excusó diciendo que debía ayudar a Marijose con las cuentas de la semana y superfilis, que prefirió la tierna compañía de su madre a la voluptuosidad de las chicas de doña Remedios.

2 Comments:

Blogger conde-duque said...

Este sí tendrá continuación, ¿no?
Monsieur Bauldelaire, me gustan sus historias y su manera de escribir.
Un saludo.

2:37 p. m.  
Blogger bauldelaire said...

Anónimo lector, le doy las gracias por sus palabras.
En cuanto a lo de la continuación de El Templo, le diré que lo que ha leído era un mal tratamiento de lo que quería ser un largometraje, pues el guión me atrae poderosamente.
La cosa terminó con "tonillo" de novela, y sí, está en mi ánimo darle continuidad, porque lo que narro es un poco lo que pienso.

3:19 p. m.  

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