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21 noviembre 2006

El tarado

Están viendo un partido de fútbol por televisión, un Madrid-Barcelona, aunque eso es lo de menos. Javier tiene la mente muy lejos de aquel bar, mesas marrones de patas metálicas, sillas de plástico, cubalibres por doquier, gritos y bufandas, banderas y juramentos. Es como si estuviera sordo. Percibe el movimiento, los brazos agitados al viento, el levantarse y sentarse de forma compulsiva de algunos de los que allí descargan el veneno de sus vidas, inyectado por escorpiones cotidianos, que sin ser mortal aturde y acompleja.
Le llaman el tarado porque siempre está recitando pareados que improvisa sobre la marcha, precedidos de una especie de entrada en trance, y seguidos de un esbozo de sonrisa que casi nunca llega a completarse del todo, porque a la gente no le suelen hacer gracia, ni los pequeños poemas de Javier, ni la incursión en su intimidad sin llamar a la puerta antes. Cosas como: “espera un momento/que estoy haciendo cemento” o “almacenes Simeón/sus juguetes a montón”, tarda tan unos segundos en componerlos, y los regala con la misma facilidad con que le salen, al primero que pasa, sin cobrar nada a cambio.
Ahora, en ese bar donde cada día toma café, hay un partido de fútbol. Y a Javier no le gusta el fútbol. A él lo que le va es regalar pareados, mas hoy nadie le escucha, todos parecen estar poseídos por la magia del deporte rey, todos no. Al fondo de la sala, junto al televisor, un niño de unos doce años observa a Javier ajeno al espectáculo futbolístico. Viste pantalones cortos, pues es verano. Lleva un jersey rojo de manga corta, y unas sandalias marrones muy bonitas. Javier le hace un gesto con la mano, y el niño se aproxima. Está con su padre, aunque su padre no esté con él, embebido de pasión y cubalibres, un pitillo en la boca, la camisa sudada cual lateral izquierdo, envuelto en una nube de humo y en sus propios gritos. El muchacho sale con Javier del bar, se encaminan calle abajo hacia un parque donde hay un quiosco; allí tomaba Javier de pequeño riquísima horchata. Se le ocurre invitar al chico a una, y éste la acepta agradecido. Mientras sorbe por una pajita la horchata del vaso blanco de plástico, Javier le regala pareados sin cesar: “muchachito, muchachote/tú tiene cara de bote”, “aprovecha esa horchata/que no me salió barata”. Ambos ríen con cada ocurrencia de Javier, sobre todo el niño, y el tarado se siente el hombre más feliz del mundo. Todavía falta media hora para que el partido concluya. Mientras tanto, darán vueltas al parque, bebiendo horchata y riendo hasta que el muchacho regrese junto a su padre. Después, Javier se irá a casa, cenará ligero y se acostará. Puede que vuelva a soñar con Manuela, hace días que no le sucede. Manuela era su mujer, Javier trabajaba en un banco. Un verano, hace años, ella murió en la carretera. Fue un accidente espantoso; Javier salió ileso, aunque lo prejubilaron porque su interior resultó dañado. Lleva desde entonces una herida abierta cerca del alma, vive de un pequeño sueldo, no tiene hijos, y lo que más le gusta es componer pareados para regalar. Eso, y soñar con Manuela.

6 Comments:

Blogger Inés said...

Me encanta este blog. Me encanta.
Saludos

8:55 p. m.  
Blogger bauldelaire said...

Muchas gracias. Seguiré alimentándolo.

3:14 p. m.  
Blogger Hank said...

Maldita sea. Tu blog mandó a la mierda mi tesis sobre tu escrito, larga y meditada. A la mierda, no pienso repetirla.
Me gusta. Punto.
Joder, joder, joder.

11:06 p. m.  
Blogger bauldelaire said...

No, no, no.
Me dices por qué te gustó o nada.

Gracias.

9:33 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Sepa que me ha gustado su Javier.
Y que me gusta su blog.
Imaginativo, dulce sin resultar empalagoso, agresivo sin demasiada violencia...
Me gusta, me gusta mucho.

5:48 p. m.  
Blogger bauldelaire said...

Gracias, gracias.

9:20 a. m.  

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