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23 noviembre 2006

Alta infidelidad

De todos es conocido ese dicho popular que afirma que ante una infidelidad el último en enterarse es el infidelizado, vamos, la cornuda o el cornudo.
No crean que voy a contarles cómo me la pegaron, a la vista de la anterior frase y del título, rotundo, de este relato. Para empezar diré que lo que voy a narrar le sucedió a un amigo. Esta manera de señalar al cornudo también forma parte de nuestro acerbo popular. También debo aclarar que el amante no era una persona especialmente alta.
Pues resulta que mi amigo, un tipo indolente, de los de poca gracia y mirada esquiva, más bajo que alto y más feo que guapo, el típico al que se la pega una mujer guapísima que solo estaba con él por dinero, o por compañía, por dinero, sé que lo de la compañía no ha colado, comenzó a sospechar de la infidelidad de su pareja el día que un compañero de banco le espetó mientras ponía unas gomas elásticas a cuatro hermosos fajos de billetes de quinientos euros:
— Jacinto, tu mujer te la está pegando. Me lo ha dicho el interventor.
Mi amigo dejó de mirar los fajos de billetes y se encaró a su compañero de trabajo, algo raro en él, pues como he dicho es de los de mirada esquiva.
El otro siguió anudando las gomas elásticas a los billetes como si nada hubiera sucedido y Jacinto, al no hallar réplica a la insidiosa mirada que le había dirigido, dio media vuelta y se alejó iracundo.
En esto, Lucrecia, que así se llama la infiel, estaba de compras con Rosa, hermana de Jacinto. Ambas hacían muy buenas migas y su pasatiempo preferido era meterse con el pobre bancario, palabra fea donde las haya, que como saben designa al que trabajando donde está el dinero tiene que conformarse con contarlo, para otros. Rosa no dejaba a la pareja ni un momento a solas: les acompañaba al cine, cenaba en su casa un día sí y otro también, les sacaba al perro a hacer orines y caquitas a un parque cercano. Era un miembro más de la familia.
He olvidado mencionar que un dieciocho de julio a Jacinto le había tocado una primitiva de las de quitar el hipo y que había conocido a Rosa una semana más tarde, mientras le explicaba en un tugurio, compartiendo una curda desmedida, cómo había seleccionado los seis números de la combinación ganadora. Se preguntarán que con un premio así no se entiende que Jacinto continuara en el banco contemplando los billetes con cara de besugo. Decidió abrir un plazo fijo con el dinero del premio y no se le ocurrió mejor forma de asegurarse la solvencia de la entidad, y de paso la suya propia, que continuar trabajando en el banco, eso sí, a media jornada. La cosa obedecía a que dos años antes le habían elegido empleado del mes, un frío diciembre en el que casi todos sus compañeros estaban de vacaciones, esquiando. Pero a él aquello se le subió a la cabeza como le sucedía a su anciana madre con el moscatel el día de Nochebuena. La viejecita vivía con Rosa, pero esa es otra historia y no quiero ahora perder el hilo de ésta.
Jacinto urdió un plan perfecto para pillar “in fraganti” a su infiel compañera una tarde que, apesadumbrado en un banco del parque, el mismo donde Rosa paseaba a su perro, mientras observaba el caer de las hojas otoñales tuvo una visión, como cuando seleccionó los números de la combinación de la primitiva buscando en el desván el bingo que de pequeño le trajeron los Reyes Magos y simulando un sorteo en el que desechaba aquellas bolas cuyo número fuera superior al cuarenta y nueve.
Aquellas hojas que borraban parte del camino le dieron la pista. Lo que tenía que hacer era esconderse en el armario de su habitación un día de trabajo, al que acudiría a primera hora pero que abandonaría tan pronto hubiese visto unos cuantos fajos de billetes de quinientos. No tendría problemas con el interventor. Su plazo fijo le protegía de cualquier tipo de bronca, y además Pedro, el interventor, era el novio de Rosa. El plan le pareció perfecto.
Tres días más tarde, un jueves, llevó a cabo lo planeado. Acudió al banco, observó durante un rato los fajos de billetes que sus compañeros contaban con denuedo, no en vano aquellos billetes podrían ser los suyos y le dijo a su futuro cuñado que debía ausentarse para realizar unas gestiones. Respiró cuando Pedro se dio la vuelta sin preguntarle qué tipo de gestión tenía pensado realizar, detalle éste que había pasado por alto en el parque, y salió hacia su casa.
Una vez en el armario, esperó. Los armarios roperos no están pensados para contener a una persona, por lo que a Jacinto le costaba mucho mantener la postura a la par que las dos puertas cerradas. Lucrecia entró acompañada de Rosa entre risas y chistes de esos picantes que se dicen las mujeres. De los chistes pasaron a los empujoncitos, de los empujoncitos a la cama y allí tumbadas, comenzaron a besarse, a manosearse, a comerse literalmente la una a la otra mientras Jacinto, sin dar crédito a lo que veía por la rendija de las puertas, se esforzaba en mantener la postura y las puertas convenientemente entornadas. Pensó en salir de allí de un salto y montar la de Dios es Cristo pero estaba tan avergonzado que prefirió seguir allí metido, como espectador del lésbico encuentro.
Recordó entonces que su compañero de trabajo sabía lo de Lucrecia por Pedro, el cual no tardó en aparecer y unirse a la pareja. Lo que allí sucedió se lo pueden ustedes imaginar, aunque les diré que Jacinto presenció, siempre a través de la rendija y manteniendo la difícil postura, cochinadas de lo más variadas: gemidos, bufidos, palabras soeces y risas aparentemente sin motivo. Pensó en ir a por la escopeta pero recordó que no tenía, de manera que aguantó la sesión de sexo estoicamente y cuando se hubieron ido regresó al parque para urdir un nuevo plan. Sentando en el banco de la vez anterior, está claro que los bancos, de cualquier tipo, son los lugares preferidos de Jacinto: en ellos se gana la vida, en ellos piensa. Sentado en el banco, como decía, afinó su plan a la vista de las nuevas e inesperadas circunstancias. Volvería al armario un día de trabajo y les pillaría de nuevo en sus trajines sexuales. En este momento pensó en lo engañado que había estado desde siempre, su hermana, la carne de su carne, disfrutando con su novia. Estaba claro que estaba con él solo por dinero. Y el mamón de Pedro, confesando sin rubor la infidelidad de Lucrecia, cuando él mismo estaba implicado, ¿acaso quería ser descubierto?, ¡claro!, debía tratarse de eso. Él se lo contaba al más cotilla de la sucursal, éste perdía el culo por contárselo a su vez al cornudo, amén de a todo quisque y cuando fuera pillado, todos dirían con cara de envidia: qué cabrón el Pedro, además de follarse a la hermana de Jacinto se tira a su novia. ¿Tendría eso algo que ver con cuando le exigió a Jacinto la mitad de la suculenta primitiva echando en cara que tenían una peña a medias desde siempre, cosa que él, Jacinto, había negado hasta en los tribunales? Podría ser esa la razón de tan maquiavélica trama, ciertamente.
Jacinto se dejó llevar por la caída de las hojas y urdió un nuevo plan.
Al día siguiente, no podía aguantarse, volvió a excusarse en el trabajo alegando jaqueca, eso no requería de mayores explicaciones ni tramas secundarias, y su cuñado, Pedro, aquel que se follaba a su hermana y a su novia, por poco le ignora. Eso sí, Jacinto percibió en su mirada soslayada un cierto tono burlesco. Y lo anotó en el debe de Pedro.
Una vez en el armario, con la recién adquirida escopeta bien colocada y haciendo el contrapeso que el armario requería, aguardó más de dos horas. Cuando la sesión de sexo, que por cierto adolecía de imaginación, siguiendo exactamente el mismo esquema que la vez anterior, iba ya por asuntos de eyaculaciones, salió Jacinto del armario blandiendo el arma con arrojo. Las dos mujeres gritaron presas de un orgasmo histérico y Pedro volvió a esbozar la sonrisa de la tarde en el banco, cuando lo de la jaqueca. Jacinto apuntó al centro de la frente y un relámpago hizo que temblara el edificio.
Jacinto en el suelo agonizaba, su traje echado a perder con tanta sangre y una nota que asomaba del bolsillo exterior de su chaqueta: el del pañuelo.
Las mujeres se revolvieron, exclamaron, pidieron auxilio a Pedro que, más calmado, las conminó a no tocar nada, no fuera que algún malentendido los incriminara. Jacinto esbozó entonces una última sonrisa, podría decirse que de difunto.
La policía acudió a la macabra cita y el sargento cogió la nota con unas pinzas mientras las dos mujeres y el interventor, que estaba en calzoncillos, eran llevados esposados a comisaría.
El sargento era un poco cotilla, como el compañero de Jacinto, por lo que decidió leer la nota, que decía: Deseo dejar como único heredero de mi fortuna a la primera persona que lea esta nota. Mi vida nunca ha tenido sentido, lo de Lucrecia me la suda, sinceramente y si ni tan siquiera por dinero puedo retener a una mujer, prefiero morir. Enhorabuena al agraciado.
Debo confesar que todo lo anterior me sucedió a mi, sí. Me llamo Jacinto del Valle y he escrito este relato sentado en el banco del parque que ya conocen, mientras las hojas formaban un tapiz marrón a mis pies. Estamos en pleno mes de julio pero me ha parecido mucho más literario un paisaje otoñal. Son las ventajas de estar muerto: tienes mucho tiempo y puedes convertir tus deseos en realidad con tan solo desearlo.

2 Comments:

Blogger Rocío said...

Muy bueno el final. No se espera.
Lo que le faltaba ya al pobre Jacinto, tal y como estaba el patio, era "salir del armario", jajajaaa

7:41 p. m.  
Blogger Lis said...

genial!
me gustó!

4:18 p. m.  

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