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22 enero 2008

Nos han quitado el limbo


Desde hace tan solo unos días ha dejado de existir aquel lugar, etéreo, al que llamábamos limbo. Era un apacible espacio hecho con las paredes de la fe al que iban los niños muertos antes de recibir el sacramento del bautismo, ¡angelitos!
Y ahora, el nuevo Papa, cual impacable concejal de urbanismo celestial, ordena el desalojo del lugar. En pocos días, todos esos niños muertos al nacer, o ya talluditos, pero que no fueron bautizados, bien por falta de tiempo, de agua bendita, de párrcoco a mano, o sencillamente por dejadez paterna, incluso por ausencia de fe, todos esos niños, digo, maleta en mano deberán dirigirse a...al Cielo. Es como si en el juego de la oca uno sacase cinco seises seguidos, como si al arrancar un papelito en el su turno de la charcutería nos saliera el número siguiente al que en esos momentos atiende el abnegado chacinero.
Han tenido que pasar siglos para que nuestros niños dejen de vagar por los aledaños del Cielo. Algunos los habrá ya cuarentones, o más, que esta mudanza ya no les haga demasiada ilusión, acostumbrados como están a la que hasta ahora ha sido su morada. Pero Benedicto ha dicho que a mudarse, y no hay nada que objetar. De hecho, el limbo ha dejado de existir. Ni todos esos huracanes de temporada juntos han causado tanto estrago, que siempre dejan algo en pie. El huracán Ratzinguer, de velocidad e intensidad aun no determinada, pasarán a la historia de la meteorología celestial como el más destructivo de todos ellos, peor aun que aquellos Papas medievales cuyos nombres se me han quedado en los cajones de atrás de mi cada vez más endeble memoria.
Por lo visto, el limbo es ahora mero asunto teológico, desprovisto ya de trasunto espacial, o síquico.
Espero que San Pedro, magnánimo, siga viendo en todos esos ancianos que aguardan su turno al niño que una vez fueron, y los acomode como se merecen.
Desde ahora, la recurrida expresión “estás en el limbo” perderá el tradicional significado, pasando a ser un “no estás en ninguna parte”. Dios.