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22 enero 2008

De Marbella a la trena y viceversa



Me acabo de comprar un apartamento en Marbella, casi me rompen las olas en el portal, algo idílico ciertamente. He dado una buena parte en dinero de ese que llaman negro, aunque el mío era de colorido variado, y muy legal por cierto. Ganado a pulso y con el sudor de mi frente y la de mi mujer, dos frentes sudorosas que ahora ven cómo algo legal se convierte, en el tránsito de papel a ladrillo, en algo negro y de lo que no se debe hablar. En fin.
El caso es que me iban a entregar las llaves el miércoles santo, hermoso día. Me imaginaba en el balcón de dos metros cuadrados, la vista puesta en la mar, contemplando el procesionar de las merluzas y los calamares cual nazarenos de Pasión marina, la semana santa perfecta, mientras las olas continuaban rompiendo en mi portal, construído según la memoria de calidades en materiales anticorrosión que no anticorrusión. Y ya no hay llaves, y el negro sudor de mi frente, y de la de mi santa, evaporado con la llegada de los primeros calores. Tócate las narices. Nos hemos anotado a la Asociación de Víctimas del Terrorismo Marbellí, de reciente creacción y en conexión permanente con la de Damnificados por Tornados, Ciclones, Ciclones B y Tormentas tropicales, dicen que por la similitud.
Mientras tanto, el señor que me enseñó el plano del apartamento está en paradero desconocido. Mi madre, que es muy buena, dice que seguro ha tenido un ataque de amnesia. Nos han dejado el Ayuntamineto con los sillones vacíos, qué tentación. Algunos ya se relamen y frotan las manos, ensayan poses tipo Gil o Cachuli, impostan la voz, se hacen operaciones de mejora de imagen a base de colágeno y préstamos personales al consumo. Porque no hay mal que cien años dure, y lo de la prisión, los insultos de la ciudadanía a sus ediles, y edilas, los cabreos prolongados, durarán lo que las procesiones de Semana Santa, y de Marbella, a la trena, y de la trena, a Marbella, si no al tiempo