Nombre:

22 enero 2008

¿Dónde están los machos?


Resulta que hay un anuncio de una marca de café que deja al los hombres, a los varones, a los tíos, al sexo masculino, a como coño quieran llamarle, a la altura de las amebas.
Porque resulta que según el anuncio de marras, bien pensado eso sí, teniendo en cuenta quién suele comprar ese tipo de productos, aunque eso ya es materia de otra reflexión y nada tiene que ver con lo que ahora nos ocupa, pues como decía, el anuncio de marras, tócate los cojones, sostiene que si adquieres esa marca de café y eres tío serás capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo, a saber: desenroscar la tapa del bote y recitar, al tiempo, la tabla de multiplicar del uno. Eso animará, sin duda, a las mujeres a adquirir el producto, pues lograrán por el mismo precio algo increíble, inaudito: que los chicotes seamos, como el windows, multitarea, al menos a la hora del desayuno. Precioso, entrañable, encantador. Buen creativo, sandunguero que diría mi amigo glen. Para matarlo, que digo yo desde esta atalaya desde la que solo puedo cagarme en los muertos de gente a quien no conozco, pero desprecio, eso sí, sin acritud.
Hace poco, ignoro si todavía siguen emitiendo el improperio, echaban un anuncio de una marca de electrodomésticos en el que un pobre hombre, un varón, un tío, era incapaz de poner la lavadora. Su mujer, teléfono en mano, con una simple llamadita, lograba que le cambiaran, no el electrodoméstico, ¡al marido!
También se me viene a la mente, ahora, aquel otro en el que un dominguero lavaba su coche con frenesí, retocando allí, pasando sutilmente la bayeta allá, y una voz en off, del mismismo Dios parecía, que le increpaba: ¡podrías hacer esto también en tu casa, majete!
Aquel anuncio del coche tenía su gracia y su mucho de verdad. Denunciaba algo que todos sabemos y que casi todos despreciamos. Los otros dos entran ya en el terreno del insulto, de la vejación, de lo chabacano incluso. No se han levantado voces pidiendo que se eliminen esos dos “spots” de inmediato de la tele. Me pregunto qué habría pasado de haber sido en sentido contrario: una mujer recitando la tabla del uno y quitando el tapón al bote de café, o buscando el tapón del aceite en el coche, sin más, y un marido, inalámbrico en mano, pidiendo otra parienta, de paso, de dos tallas de faja menos, y de diez de sujetador más.
Una embolia habría producido, a buen seguro, a Cristina Almeida, pobrecita. Se habrían convocado manifestaciones, se habría suprimido, de inmediato, el o los anuncios. Habrían rodado cabezas, masculinas, en televisión. Algo como Dios manda, vamos, no este pasar, este reírse de uno mismo, que los varones, o tíos, o machos, o “miembros” del sexo masculino, o como coño quieran llamarnos, hacemos, no se sabe bien si porque nuestro cerebro es incapaz de procesar determinadas situaciones límite, o simplemente porque somos tan bobos como parecemos.