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23 diciembre 2006

In illo tempore


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Una tarde de verano, Samuel Jordan, prestigioso arqueólogo y multimillonario, tuvo una revelación. Mientras una ramera de Brooklin le practicaba una felación, vio levitar unas cifras doradas. Eran las coordenadas de un punto geográfico en la Alta Mongolia. No le cupo duda: allí se encontraban los restos arquitectónicos de la torre de Babel. Pronto organizó las excavaciones. Con ciega fe en la revelación, invirtió gran parte de su patrimonio. Dada la magnitud del trabajo, se requirió mano de obra y especialistas de diferentes países. Los primeros esfuerzos infructuosos no desalentaron al inefable Jordan. Ni siquiera, cuando la profundidad de las perforaciones superó inútilmente una medida kilométrica, se vio dañada la convicción inquebrantable de Jordan. Con el tiempo, las perforaciones se hicieron tan profundas que obligaron a los obreros a una vida subterránea y aislada. Una comunidad de trabajadores en la que, lejos de imperar el desánimo, se forjó un espíritu de fraternal compañerismo. Con los años, los diferentes idiomas degeneraron en un batiburrillo desmañado, y éste, a su vez, en una nueva lengua única. Un movimiento sísmico dio al traste, por fin, con el proyecto. Algunos lunáticos sostienen la posibilidad de una ciudad subterránea. A la ramera se la ha visto, ya anciana, dando alpiste a las palomas del parque: siempre con una sonrisa de demente cruzándole el rostro.